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"Jinetes", litografía de L. Carrington, 1977, 51 x 65 cm. |
En estos días, el nombre de Leonora Carrington, célebre pintora inglesa, es noticia. La exposición con lo mejor de su obra, titulada Leonora Carrington: la vocación y sus reflejos, podrá ser visitada en el Museo de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público de Ciudad de México, ciudad en la que reside.
(Mujereshoy). La muestra, que se presentará durante el mes de febrero, está dividida en cinco secciones. Contiene un total de 40 piezas donde figuran dibujos, óleos, esculturas y litografías. Según el subdirector del Museo, Rafael Pérez y Pérez, la obra de Carrington no sólo es para ser contemplada, ya que está cargada “de simbologías, de significados, de historias”. Una obra que no es catalogable y escasamente emparentada con el surrealismo, según los conocedores de la artista.
Fabuladora y esotérica
El nombre de Leonora Carrrintgon trae a la memoria la época dorada del surrealismo y sus acólitos que desde la dorada meca de París, revolucionaron el arte contemporáneo. Su vínculo amoroso con Max Ernst, uno de los más ilustres integrantes de este grupo, marcará sus años de formación. Leonora, como el resto de las mujeres artistas relacionadas con este movimiento, fue sensible a sus emanaciones, sin que por ello buscara identificarse completamente.
La curadora de la muestra mexicana, Ingrid Suckaer, lo confirma. Para ella, la afirmación de que Carrington es una artista importante del surrealismo, es un cliché. “En los hechos, su obra es un análisis del esoterismo y las religiones antiguas. Cada cuadro de la artista es un mundo infinito bajo atmósferas mágicas extraídas de las antiguas religiones”.
Es cierto que en su obra transitan muchas ideas y expresiones del surrealismo, pero, como dice la historiadora de arte Gladys Villegas Morales, sólo “fueron andamiajes para sustentar su propia fantasía”. En ella no existe el caos, sino orden y armonía. Sus fantásticos mundos, donde pululan caballos alados, duendes, gnomos y brujas, poseen una carga simbólica propia de una artista original.
Desde los tiempos de París, cuando aún era una joven ávida de conocimientos, Leonora busca en la lectura de los mitos celtas, la cábala, el gnosticismo y el budismo, las pistas que la conducirán a seguir un camino propio. Con el tiempo se convierte en una verdadera conocedora de las ciencias ocultas y de la sicología junguiana. Para montar la exposición del Museo de la Secretaría de Hacienda, los responsables tomaron cursos sobre religiones antiguas.
Cocinando la cena de los surrealistas
Leonora Carrington siempre se burló de la etiqueta de surrealista. En una entrevista recordó que para los surrealistas, las mujeres eran vistas como un objeto. “Ser una mujer surrealista quiere decir que eres la que cocina la cena de los hombres surrealistas”, dijo.
En efecto, el acercamiento de las pintoras al surrealismo fue a través de vínculos amorosos, como en los casos de la española Remedios Varo, casada con Benjamín Pret; de Gala, la musa y compañera de Dalí; y de la propia Leonora, unida sentimentalmente a Max Ernst. Pero ninguna firmó los Manifiestos, ni tampoco participaron en la primera exposición de París en 1925.
Algunas estudiosas de la obra de las mujeres pintoras, hacen notar que la visión que los surrealistas tenían de la mujer, provenía de los románticos y simbolistas. “El problema de la mujer es lo más maravilloso y turbador que existe en el mundo...”, se lee en el segundo Manifiesto de 1929.
Whitney Chadwick, en su libro sobre las mujeres surrealistas, hace notar que “las múltiples y ambivalentes visiones de la mujer por el surrealismo convergen en la identificación que de ella hacía con las misteriosas fuerzas y los poderes regenerativos de la naturaleza. Las artistas se apresuraron a acercarse a esa identificación, pero lo hicieron con mente analítica y con actitud irónica”.
A despecho de esta visión, Carrington y sus compañeras de generación como Leonor Fini, Kay Sage, Dorotea Tanning y Remedios Varo, demarcaron su trabajo, apartándose “de las alucinaciones y la violencia erótica de los varones”, para emprender una aventura artística plena de fantasía, donde predominó la ironía y el trazo fino, diferenciándose de las vacas sagradas de este movimiento.
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