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(Rosario, Argentina) El asesinato de Sandra Cabrera, como las amenazas y ataques a Susana Abalo, la militante social cristiana de la Comunidad Mensajeros de Jesús, como las amenazas constantes a Alicia Lesgart, militante de Familiares de Detenidos y Desaparecidos por Razones Políticas, no hacen más que poner en evidencia que todo está podrido a nivel seguridad en la provincia de Santa Fe y en particular en nuestra ciudad de Rosario.
Realizar denuncias, destapar ollas y nidos de corrupción, reconocer y denunciar a “ex” torturadores, en definitiva defender los derechos humanos ha transformado a estas mujeres en blancos móviles.
Tanto ellas como otras y otros activistas están “marcados” y el sospechar esto hace que corra un frío por mi espalda. Un frío que no desaparece en esta, ahora, tórrida ciudad, llena de dolor y bronca.
Más allá de todas las palabras y de las promesas realizadas por ministros, por el Gobernador; o más allá que se haya hecho desmantelar “Moralidad pública”, el mensaje claro que dejó este crimen no podrá ser borrado del horizonte de aquellas personas que trabajan en pro de los derechos más básicos de las personas.
Pero la respuesta más clara a ese mensaje es: ni un paso atrás, no se dejará de denunciar, de investigar. Muchas y muchos queremos realmente una nueva sociedad, construida sobre lazos de solidaridad, trabajo, confianza y visibilización de problemáticas ampliamente tapadas o que han sido dejadas “para después” por el Estado u otras organizaciones complacientes con los poderes de turno.
Esta muerte y amenazas a estas tres mujeres de la ciudad no pueden dejar de relacionarse con otras muertes y amenazas realizadas a otras compañeras argentinas y del exterior.
La gran pregunta que se empieza a deslizar y hasta formar parte de la agenda en las reuniones de activistas pro derechos humanos y pro derechos humanos de las mujeres es cómo pueden empezar a cuidarse entre ellas; cómo poder conformar redes que permitan ir haciendo desaparecer las amenazas y hasta los ataques directos.
El desafío es cómo seguir poniendo el cuerpo, la cara, y exponer las vidas, diariamente, sin el temor a ser atacadas, secuestradas, amenazadas, torturadas, muertas.
El crimen de Sandra en particular nos deja muchas interrogantes, de las que sólo mencionaré algunas: a quiénes tocó la última denuncia realizada, qué piensa hacer “realmente” el Estado respecto a legislaciones relacionadas con las actividades realizadas por mujeres en situación de prostitución, y de explotación sexual; a dónde se incorporarán los policías que hasta hace unos días pertenecían a Moralidad; cuándo se dejará de perseguir a las personas marginadas o pertenecientes a las mal llamadas minorías o a las personas que las representan.
Otro desafío que nos queda a las organizaciones sociales y de base es el ver cómo poder articularnos en redes de reflexión, trabajo y acción que nos permitan interactuar de manera coordinada y rápida ante estos casos extremos, o bien cómo poder entre todas acompañar las denuncias, o diversas acciones.
Rosario arde y pienso y recuerdo que tampoco puedo dejar de sentir escalofríos cuando paso por frente a la Primera y recuerdo la violación a una menor; o cuando paso por la Cuarta y el maltrato a los menores que suelen tener hacinados allí, o cuando paso por las ex Jefatura y una se puede imaginar los gritos de torturadas y torturados, de presas y presos aglomerados esperando condenas. Esos gritos y quejas y pesadillas han quedado grabados en esas autoritarias paredes.
Y no puedo dejar de pensar en Sandra, en sus hijos; no puedo dejar de pensar que el femicidio es una cuestión de todas y todos.
* Gabriela De Cicco es integrante coordinadora de la Red Informativa de Mujeres de Argentina, Rosario, Santa Fe, Argentina.
Fuente: www.enredando.org.ar y RIMA, Argentina.
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