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05.03.2004
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ARTÍCULO
8 de marzo: El sida y las marcas de género

 
Diversos estudios muestran que la subordinación de las mujeres tiene un papel esencial en el patrón de transmisión heterosexual del virus, lo que incide directamente en la infección de mujeres y de sus hijas e hijos. Ante ello, Naciones Unidas ha elegido el tema Mujer y VIH/SIDA como enfoque para el Día Internacional de la Mujer 2004.

(Mujereshoy) El SIDA es la causa infecciosa más importante de mortalidad adulta en el mundo. El VIH/SIDA mata casi a 5000 hombres y mujeres y a casi 1000 de sus hijos cada 24 horas en el África subsahariana. Cerca del 80 por ciento de los casi 3 millones de defunciones mundiales por VIH/SIDA en 2002 se dieron en esa región. Al mismo tiempo, en todo el mundo, unos 5 millones de personas se vieron infectadas por el VIH.

A diciembre de 2003, alrededor de 40 millones de personas vivían con el VIH/SIDA, de las cuales 37 millones eran adultos. En el mismo año se registraron 3 millones de defunciones causadas por el SIDA.

Respecto de las mujeres, a diciembre de 2002, del total de 42 millones de personas que vivía con el VIH/SIDA, 19,2 millones eran de sexo femenino. El número de nuevas infecciones en mujeres era de dos millones y la cifra de mortalidad femenina causadas por el SIDA fue de 1,2 millones.

Si bien la epidemia del VIH/SIDA afecta mundialmente más a hombres que a mujeres (excepto en el África al sur del Sahara, donde el 58 por ciento de los adultos con VIH son de sexo femenino), diversos estudios muestran que la subordinación de las mujeres tiene un papel esencial en el patrón de transmisión heterosexual del virus, lo que incide directamente en la infección de mujeres y de sus hijos/as.

Por tanto, Naciones Unidas ha decidido realizar este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, un foro de expertos sobre el tema con la presencia del Secretario General Kofi A. Annan, en la sede de la ONU en Nueva York.

En la expansión del VIH/SIDA inciden múltiples factores: la marginación económica, las costumbres ancestrales, la injusticia social, la discriminación, la pobreza, las desiguales relaciones entre hombres y mujeres, entre otros. Mujereshoy, como una contribución a este tema, presenta un artículo de reflexión de Mariana Iurcovich, psicóloga argentina, quien afirma que el VIH/SIDA es un fenómeno bio-psico-socio-económico-religioso-cultural, que atraviesa al conjunto de la sociedad.

SIDA: Las marcas de género

Mariana Iurcovich*

Existe una gran diferencia entre las vivencias de las mujeres y lo que a ellas les gustaría que fueran sus prácticas sexuales y sus relaciones interpersonales. Quizá este sea el aspecto central de la sexualidad para la mujer. El VIH no inventó esto. Este virus ha logrado prosperar en la realidad de la experiencia sexual de la mujer. Marge Berer.


El SIDA se ha ido instalando en nuestra cultura global desde hace casi dos décadas. Probablemente sea el fenómeno que ha atravesado a todo nuestro planeta, dejándonos con una sensación de pertenencia universal.

El SIDA abarca a todas las sociedades. Hemos sido protagonistas pasivas y pasivos de un evento que ha ido cambiando. En los tempranos ochenta, se trataba de una infección que, se suponía, afectaba sólo a varones homosexuales, bisexuales y adictos por vía endovenosa. Pero esto cambió, y son las mujeres y los niños quienes preocupan desde hace años a los técnicos que trabajan en estrategias de comunicación para advertir de este giro repentino. ¿Dónde estábamos? ¿Dónde estamos?

Si entendemos la problemática del SIDA como un fenómeno bio-psico-socio-económico-religioso-cultural, etc. (y se pueden ir sumando más variables conforme pasa el tiempo), y, además, como un fenómeno que atraviesa a la sociedad en forma completa, entenderemos que el eje desde el cual las terapeutas intervenimos está más cerca de un contexto histórico-social que del psiquismo de nuestras/os consultantes.

Una de las mayores dificultades para entender por qué aún se siguen infectando miles de personas diariamente en el mundo, es comprender esta contradicción o singular característica del SIDA, es decir, cómo aquellos mismos elementos que generan vida, tales como el semen, la sangre, los fluidos vaginales, tienen el poder –en sí mismos– de contaminar a otro.

¿Será que no ha transcurrido aún el tiempo intrapsíquico suficiente para aceptar las normas que el SIDA impone? ¿O será una dificultad de la condición humana el cambio de comportamiento, de hábitos, impuesto por una condición externa a la voluntad?

Para la mayoría de las mujeres, inmersas en un modelo de sexualidad dominado por lo masculino, resulta más difícil aún, ya que es necesario cuestionar el sistema de creencias en el que fueron construyendo su identidad. Para poder desarrollar habilidades de comunicación que les permitan protegerse, ellas deben cuestionar un modelo donde el rol femenino pasivo es el imperante.

Algunos estudios sobre cambios de comportamiento indican que la mayoría de las personas necesita atención y apoyo para cambiar comportamientos poco saludables. Para algunas, a la vez, la modificación del comportamiento mediante cambios progresivos es más fácil de lograr que producir un cambio global del estilo de vida. No obstante, estos estarán sujetos al contexto vincular en el cual la persona está inmersa.

¿Sexo seguro?
Por razones anatómicas, la probabilidad de transmisión del VIH a través de la relación sexual vaginal es mayor de hombre a mujer que viceversa. Esto, sumado al problema cultural de las mujeres respecto a la habilidad necesaria para la negociación del sexo seguro, como equivalente a la utilización del preservativo masculino, coloca a la mujer en un lugar de vulnerabilidad ligado a los factores socioculturales.

Luego de la revolución sexual de la década del setenta, gracias al descubrimiento de diferentes tecnologías para el control de la natalidad –cuyo uso depende exclusivamente de la voluntad de la mujer, ya que es su cuerpo el que está en juego–, las decisiones tienen cierto sesgo de individualidad.

Paradójicamente, el SIDA nos lleva a tener que volver a compartir “la responsabilidad”. Ya no se trata de lo obvio, de lo hablado, de cómo evitar un embarazo cuando ambos saben que existe el riesgo. Ahora se trata de lo silenciado, de lo que no se puede expresar, porque, si se le menciona, se abre la posibilidad de que “el otro” desconfíe, de que no lo considere como una medida de protección mutua, pese a que lo que está en juego es el contagio de un virus de propagación pandémica.

Es curioso que en un momento en el cual el fenómeno del SIDA trae, entre otros mensajes, el de compartir responsabilidades, se cree un preservativo femenino, método de protección donde la mujer prescinde del “otro” para su utilización. Esto pone en evidencia nuevamente la dificultad de compartir esta responsabilidad. ¿Qué se está silenciando con esto?

Las prácticas de poder
La falta de seguridad para la negociación del sexo seguro en las relaciones sexuales se debe principalmente a la diferencia de poder social, físico y, a veces, económico entre el hombre y la mujer. Históricamente, las mujeres han sido educadas para ser el sexo débil y son tratadas como tal por sus familias, religiones, colegios, patrones, y por las políticas gubernamentales.

La actitud del hombre con respecto a la compra del sexo es la misma que la que tiene en todas sus relaciones sexuales: el control; de hecho, la responsabilidad de la utilización del preservativo, en última instancia, es su decisión.

Las razones por las que los clientes masculinos de las trabajadoras del sexo se niegan a usar preservativos están basadas en una diferencia de poder. Los hombres tienen el dinero, la fuerza física y el derecho definido por su sexo para exigir de la mujer actividades sexuales específicas, que no necesariamente la protegen; al contrario, impiden la práctica del sexo más seguro o el uso de preservativos.

Sus tácticas incluyen:
• Cuestionar el juicio de la mujer: “Seguro que puedes confiar en mí, ¿no?”.
• Humillarla: “¿Por qué un preservativo, acaso estás enferma?”.
• Enfrentar a una mujer con comparaciones: “Eres la única que en estos últimos meses me exige que use esto”.
• Ofrecer dinero o amenazar con marcharse.
• Decir que está de acuerdo en usar el preservativo y luego, a último momento, prescindir de su uso.
• Utilizar la violencia y la fuerza.

La mayoría de estas tácticas, o incluso todas, también pueden resultar familiares a mujeres que no son trabajadoras del sexo. Comparto estos ejemplos, ya que, aun no habiendo una transacción comercial mediante, mujeres casadas y solteras manifiestan esta imposibilidad de exigir cuidados, a veces a sabiendas de que su pareja mantiene múltiples contactos sexuales.

Esta conducta, si bien no es aplicable a todos los hombres, sigue siendo un denominador común en los diferentes continentes. Es la cultura masculina la que incita a que esto ocurra, y no lo condena.

La violencia sexual y la violación conllevan consecuencias particulares durante la epidemia de una enfermedad transmitida sexualmente. Las mismas constituyen una fuente de transmisión de VIH. Estas acciones se producen para expresar el desequilibrio de poder respecto de la mujer y culparla luego de haber sido la fuente de infección y por cualquier restricción impuesta en la vida sexual del hombre en aras del sexo más seguro. Son también utilizadas para silenciar los esfuerzos de la mujer en pro de la práctica del sexo sin riesgo.

Adecuación postdiagnóstico
En diferentes países de Asia y de América Latina –llamados del tercer mundo– he observado, en mi trabajo con mujeres, el mismo patrón de comportamiento, tanto frente al diagnóstico como en relación a la actitud de vida frente a la familia.

Las crisis asociadas con la etapa de impacto por el diagnóstico provienen de la ausencia o de la inadecuada preparación para afrontarlo. Se trata de un diagnóstico crónico, por tanto, las acciones preventivas son muy importantes, ya que la falta de preparación para los cambios predispone al estrés.

Es importante, entonces, desindividualizar ciertos problemas que son comunes a personas diagnosticadas con VIH y ubicarlos en un marco más preciso, clasificarlos de modo tal que ayude a disminuir la ansiedad que producen.

Este momento, naturalmente, está acompañado de preocupaciones reales, tales como la soledad, o relativas a la vida de pareja (como situación extrema), hasta poder decidir con quién y cuándo compartir el diagnóstico.

Las reacciones frente al mismo serán acordes a los recursos emocionales y psíquicos de la consultante. No obstante, las mujeres, aun cuando han sido maltratadas psicológicamente, en muchas ocasiones se atribuyen la responsabilidad del evento.
Las mujeres que conviven con el VIH cierran por largos períodos su capacidad de disfrutar sexualmente. No es tan fácil volver a transitarlo cuando éste ha sido el canal del contagio por el cual llegaron a esta situación.

La mujer cuida, protege, confía, comparte, se abre, es penetrada, hasta se podría decir violada, porque, cuando en la penetración hay riesgo para la transmisión de una enfermedad, seguramente no se trata de una decisión compartida. Este sentimiento de violación es transmitido habitualmente por las mujeres contagiadas vía sexual, ya sea con amantes ocasionales, o con esposos que mantienen otros vínculos sexuales.

El cuidado del “otro”
Las mujeres afectadas por el VIH deben lidiar con temas estrechamente vinculados con la maternidad, es decir, nuevamente con el cuidado de otros.

Las que tienen hijos deben resolver quién se hará cargo de los mismos, a mediano o largo plazo, cuando ellas enfermen.

Para aquellas que aún no son madres, este diagnóstico las coloca frente a la disyuntiva de elegir entre compartir o no con una posible pareja su diagnóstico, lo cual lleva implícita la imposibilidad de un embarazo, ya que esto podría poner en riesgo de contagio a su compañero. De estar éste también afectado por el VIH, existe la posibilidad de la reinfección para ambos, pero incluso en las situaciones en que ambos opten por este riesgo, lo que sucederá con el bebé no está garantizado, ya que los medicamentos a modo preventivo durante el embarazo reducen el porcentaje de nacimientos de bebés afectado por el VIH, pero no lo garantizan en todos los casos.

La alternativa de la adopción, donde este riesgo no existe, presenta el problema de la orfandad de la criatura a mediano plazo. Este tema problematiza a la mujer, puesto que el hombre parece no preocuparse en asumir responsabilidades respecto de lo que pasará a futuro, cuando hay hijos. Se sostiene, entonces, la ecuación de que todo lo relacionado a los hijos es responsabilidad de la mujer, incluso en estas condiciones.

Es llamativo el juego de poder que aparece en este contexto, en el que la responsabilidad de provocar el contagio es mayormente de parte del hombre, pero quien se hace responsable de las consecuencias, especialmente cuando hay hijos, es la mujer.

Por creencias religiosas, educación, rol asignado socialmente, las mujeres son poderosas dentro de la organización del hogar, pero no tienen posibilidad de diálogo con sus parejas, aun sabiendo que éstas mantienen vínculos sexuales fuera del hogar.

Esto hace que, en los casos en que las mujeres son contagiadas por sus esposos, la situación sea percibida de acuerdo a cánones según los cuales esta mujer pertenece al marido, por lo tanto el contagio es parte de esta no discriminación de sujetos.

Incluso en estas situaciones, son las mujeres quienes se ocupan de organizar con sus madres, hermanas o amigas, una red para garantizar que alguien se hará cargo de los hijos cuando ellas enfermen. Los hombres no se encargan de este papel.

El concepto de red de apoyo es importante frente a un diagnóstico con estas características, pero más importante aún es saber cuándo compartirlo, con quién y para qué.

¿Por qué las mujeres tienden a formar sus redes con otras mujeres? El circuito de compartir con pares ayuda a comprender mejor lo que está ocurriendo y la manera de buscar soluciones a problemas de largo plazo.

Las experiencias en países pobres muestra hasta qué punto la prostitución se convierte en un medio de sobrevivencia frente a la necesidad de tener que mantener un hogar e hijos y tal vez un marido sin ingresos. Es que realmente la metáfora de morir por amor se pone en evidencia en situaciones disímiles, pero todas atravesadas por la misma necesidad.

La realidad demuestra que los hombres divorciados o viudos tienden más rápidamente a formar pareja. Las mujeres sobreviven solas sin tanta dificultad; pero, curiosamente, la literatura expresa como cualidades propias de la mujer, la dependencia emocional, afectiva y económica.

Tal vez el SIDA, entre otros aprendizajes, sirva para poner en evidencia la otra cara de las mujeres, la de la necesidad imperiosa de hacer cuanto esté al alcance por los hijos y por el sostenimiento de una estructura, aun cuando el costo sea la propia vida.



Bibliografía
Berer, Marge.1993. La mujer y el VIH/SIDA. Londres, Pandora Press.
Emerger. Investigación SIDA y estereotipos de género, las dificultades del autocuidado en las mujeres.
Iurcovich, Mariana. 1996. Drogadicción y SIDA. En: Drogadicción, teoría y clínica, pp .99-103. Buenos Aires, Editorial Gabas.
Kamentzky Sofia. 1997. Capítulo Argentina. En: Robert Francoeur, compilador, The International Encyclopedia of Sexuality, pp.30-82. New York, Continuum.
Kaplan, Helen.1989. Las mujeres y el SIDA. Buenos Aires, Planeta.
Landau-Stanton, Judith; D. Clements, Colleen. 1993. AIDS Health and Mental Health.. New York, Brunner Mazel Press.
Londoño, Mari Ladi. 1990. Transición y soledad. En: El malestar silenciado, la otra salud mental. Ediciones de las Mujeres Nº 14, pp 57-66.
Torres, Carmen. 1996. La otra mirada de la salud mental. Agenda Salud, julio-septiembre 1996.


* Mariana Iurcovich. Licenciada en Psicología. Ha implementado el modelo de Consultorías interdisciplinarias para el abordaje del SIDA en diversos hospitales en la provincia de Buenos Aires. Ha dictado seminarios y posgrados en la Universidad de Buenos Aires sobre el tema. Ejerce la práctica clínica con consultantes afectados por el VIH/SIDA, supervisa colegas y hospitales capacitados con su modelo. Consultora para organismos internacionales: WHO, UNAIDS, USAID, FHI. Este artículo fue publicado en Agenda Salud Nº 21, de Isis Internacional, enero-marzo 2001 (ver link externo).


Fuente: Mujereshoy.