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VIDA COTIDIANA/Salud
04.02.2003
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REPORTAJE
Madres de la desnutrición
Luciana Peker
Betty del Valle perdió a su hijo Santi, el que murió por desnutrición el 14 de noviembre de 2002. En la foto, junto a otro de sus dos hijos (Foto: La Gaceta, de Tucumán).
 
En la Argentina de la peor de las crisis, la anemia es un mal cada vez más generalizado entre las embarazadas. En la Maternidad Sardá, 8 de cada 10 futuras mamás sufren problemas nutricionales. Las mujeres de menores recursos son las primeras en ponerle el cuerpo a la desnutrición y quienes padecen el drama de ver morir a uno de sus hijos por no tener nada para darles de comer son juzgadas por abandono. ¿Quiénes son los verdaderos responsables?





Hambre por dos

Para gestar y poder amamantar, las mujeres tienen que estar bien alimentadas, pero la pobreza extrema les impide tener una buena alimentación. Por otra parte, el embarazo adolescente sigue creciendo, hecho que también afecta la posibilidad de una buena nutrición de los bebés.

“Sabe señorita, no es la culpa de los padres. Lamentablemente mi marido no tenía trabajo y nosotros no podíamos darle la leche. Un día antes, mi marido había viajado a la ciudad. En Tucumán le dijeron que estaba suspendida la entrega de los bolsones de mercadería. Se necesitaban cuatro tarros de leche para los dos gemelos. Santi era muy chiquito y no tenía mucha fuerza. Hasta el día de hoy, la muerte de mi hijo la siento muy mucho. Nunca le voy a pedir a nadie ese dolor porque es muy fiero. Hace dos meses que él falleció y cuando voy al cementerio a prenderle una vela se me hace un mar de lágrimas”.

Las palabras de Betty son tan textuales como su dolor transparente y tormentoso. El peor dolor. La muerte de un hijo. La muerte de un hijo que se pudo evitar. Santiago Jesús, de seis meses, murió el 14 de noviembre de 2002. Es uno de los 19 chicos que murieron víctimas del virus del hambre en Tucumán, en los últimos dos meses del año pasado. Era el hijo de Betty del Valle Carrizo y José Medina, también papás de Franco –gemelo de Santi– Enzo Emanuel (2) y Luján (4).

“Estos días los chicos no venían comiendo. Lo más triste es cuando un hijo pide pan y una no tiene para darle”, desgarra Betty. Hoy, el supermercado Eki escuchó los pedidos de José de un trabajo y el 27 de enero de 2003 lo contrataron por tres meses. Antes, cuando Santi vivía, nadie los escuchó.

Entonces Betty y José certificaron los sellos de la indiferencia. Guardaron cada papel de los “no hay”, “venga mañana”, “no se puede” y documentaron la imperdonable negligencia de los pedidos de paciencia que Santi no pudo esperar. Ahora iniciaron un juicio al Estado por abandono de persona. El juicio, tal vez, sirva para ayudar a reacomodar en el confuso ajedrez de este país las fichas de las víctimas y los victimarios.

En Tucumán, la Corte Suprema dispuso una investigación a los padres de los chicos fallecidos desnutridos, por abandono de persona. Y en Mendoza, Arminda Martínez, de 29 años y mamá de 7 hijos, estuvo presa siete meses por ese delito cuando su hijo más chico –Hugo Damián, de seis meses– falleció por desnutrición el 12 de abril pasado.

Sin plata para viajar, Arminda iba a buscar leche a pie a un centro de salud que quedaba a 4 kilómetros. Pero no conseguía nada porque la salita había cerrado por falta de presupuesto. El otro centro de salud más cercano quedaba a 25 kilómetros. Demasiado lejos. Su hijo murió. Los otros seis fueron separados de su mamá –el juez Waldo Yacante le sacó la tenencia y se la dio a su hermano que ni siquiera deja que ella los visite– y Arminda estuvo tras las rejas hasta que fue sobreseída por falta de mérito.

“Para una mujer, que el hijo se muera y encima la pongan presa por esa muerte es devastador. No hay recuperación posible. Ella –como las otras mamás de chicos desnutridos– es víctima y no culpable. El Estado, en vez de hacerse cargo de ellas y de sus hijos, las encierra. Es el colmo de la perversión”, subraya Silvia Vidal, psicóloga del equipo de salud mental del Hospital Mario y Luciano de La Vega, de Moreno.

En ese hospital de Moreno, el 60 % de las embarazadas sufre anemia –un porcentaje tan alto que sólo puede ser atribuible a la falta de recursos para alimentarse adecuadamente– y se produjeron nacimientos de prematuros de bajo peso o con malformaciones por la deficiente nutrición de las madres, según datos de la Asociación Sindical de Profesionales de la Salud de la Provincia de Buenos Aires.

Natalia M. tiene 23 años y un embarazo de 8 meses. Pesa 51 kilos y, a pesar que ya está casi a punto de parir, engordó sólo 4 kilos (tendría que haber aumentado el doble). Hace tres años perdió su trabajo en una fábrica de alfajores. Vive con su mamá y su papá. Ninguno tiene trabajo. “Me pongo mal porque pienso que tengo que conseguir trabajo para alimentar al bebé”, cuenta Natalia, en el ajuar de miedos que pueblan sus sueños de mamá.

Ella es apenas una de las muchas embarazadas con problemas de alimentación de la Maternidad Sardá. En 1995, entre el 30% y el 50% de las embarazadas padecía una anemia acentuada. Hoy, el 80% de las futuras mamás sufre de anemia. Ricardo Illia, subdirector de la Maternidad Sardá y profesor de Obstetricia en la UBA alertó: “En la medida en que se fue complicando el problema social, aumentó la desnutrición materna. Las mujeres no pueden comer carne, queso y huevos porque es caro. Y eso está hipotecando el futuro del país”.

Este es un problema social. La prueba es que en el Hospital Alemán, de Barrio Norte, las embarazadas con anemia no llegan al 20% de las pacientes. Y por este problema aumentó en un 30% la cantidad de chicos que nacen con bajo peso, según el Centro de Estudios Sobre Nutrición Infantil (CESNI). “También aumentaron los embarazos adolescentes que son de alto riesgo porque las mujeres todavía no terminaron su desarrollo y los nutrientes se reparten entre la mamá y el feto”, alerta Paula Pueyrredón, nutricionista del CESNI.

Nutrir a las mamás

“Las mamás son las únicas que pueden recuperar a los chicos –explica Silvia Báez, pediatra del programa Nutrir (perteneciente a la Red Solidaria) que atiende a 223 chicos desnutridos de la Capital Federal y el Gran Buenos Aires–. Aunque nosotros les demos el mejor hierro y las mejores vitaminas son las mamás las que los tienen que atender todos los días”.

Silvia toma lista en Ciudad Oculta. Adentro, los chicos comen en el comedor “La Buena Voluntad”, dirigido por Cielo Escalada. La desnutrición devora. “Antes le dábamos de comer sólo a los chicos, pero ahora cada vez hay más mamás desnutridas”, dice Cielo. La desnutrición contagia. “En el último año es impresionante la cantidad de mamás desnutridas que hay porque los pocos recursos que tienen los destinan a los pibes”, cuenta Silvia.

La desnutrición tiene efectos colaterales. “Gracias a los comedores la gente come. Pero al no cocinar y darles de comer en su casa a sus hijos las mamás perdieron el rol nutricio, y eso afecta su autoestima”, describe Silvia. Afuera, las mamás de chicos desnutridos hacen ronda y Silvia cura, con palabras que no aprendió en la Facultad de Medicina sino en los pasillos del hambre. “¿Alguien necesita donde apoyarse?”, pregunta para que las mamás completen una hoja con el nombre de su hijo, y los datos de si va al colegio y si tiene documento.

La desnutrición desdibuja. Marcela, de 29 años, abraza hace 15 meses a su hija María Gabriela (uno de sus 5 hijos), pero tiembla cuando sus manos toman una birome. De las 27 mamás reunidas no es ninguna de las 5 analfabetas que conforman el grupo, pero tampoco está acostumbrada a que le pregunten nada, mucho menos por escrito. “¿Cómo se escribe María Gabriela?”, pregunta sobre el nombre de su hija y lo escribe con el esfuerzo minucioso de quien intenta por primera vez escribir algo tan simple como “mi mamá me mima”.

Silvia va a pesar a esa nena que su mamá está empezando a nombrar en un papel. Va a controlar que la balanza no siga marcando las faltas en su cuerpo, y también va a ayudar a su mamá a que aprenda a redondearle la panza a la letra “a”. Para esta médica, las dos cosas van juntas. “Sin ocuparse de las mujeres no se puede salir de la desnutrición de sus hijos”, diagnostica.

Antonio Mónaco, jefe de Obstetricia del Policlínico Posadas, de Haedo, advierte: “Antes no se veían estos niveles de hemoglobina en las embarazadas. Pero hoy las madres vienen mal nutridas. Esto genera que el bebé reciba menos oxígeno, y eso afecta su sistema nervioso. Por eso, en un corto plazo, una gran cantidad de chicos pueden tener, por ejemplo, problemas de aprendizaje. Si queremos argentinos con todas las luces, las mujeres que los dan a luz tienen que tener derecho a alimentarse”.



PARA AYUDAR

– Comedor “La Buena Voluntad” de Ciudad Oculta: teléfono: 4686-0278 (necesitan una licuadora o procesadora para triturar soja, material didáctico, alimentos de todo tipo, pañales y herramientas de construcción).
– Comedor “Ciudad Luz” de Ciudad Oculta: teléfonos: 4686-5186 / 155-331-0869.
– Comedor “Compromiso Solidario” de San Miguel de Tucumán: teléfono: (0381) 4282445, e-mail: cvargas@tucbbs.com.ar
– Programa “Nutrir”: teléfono: 154-082-6275. Red Solidaria: teléfono: 796-5828.
– Betty del Valle Carrizo: (0381) 4821120 (dejar mensaje) o llamar a nuestra redacción (Revista Para ti), al 4346-0100, interno 1181. En Bella Vista, Tucumán, Barrio 240 viviendas, Manzana A, casa 10 (necesita camas para los chicos, un cochecito de bebé o un corralito).


Fuente: Revista Para Ti, Argentina. Enviado por Luciana Peker.

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Nota: este portal de Internet fue abierto el 15 de enero de 2003