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VIDA COTIDIANA/Sexualidad
15.03.2005
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PUNTO DE VISTA
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Señor Presidente:

Nací y me eduqué en Chile y me dirijo a usted desde Francia, donde vivo y trabajo hace 31 años. Hoy día soy la directora nacional del “Planning Familial”, organización creada en 1956 para luchar por los derechos fundamentales de las mujeres y por consiguiente también de los hombres.

Cuando llegué a este país, me integré inmediatamente en la lucha de las mujeres por el derecho a escoger. Escoger en qué momento querían o podían ser madres. En esa época en Francia se practicaban más de un millón de abortos clandestinos por año, a menudo en malas condiciones higiénicas, con todas las consecuencias sanitarias que esto conlleva: riesgo de muerte o de esterilidad.

En 1973, 343 mujeres (actrices, escritoras, abogadas, políticas, etc.) firmaron un manifiesto en el que declaraban que habían abortado. Por supuesto en condiciones menos inhumanas, en clínicas privadas, y no en las sórdidas casas clandestinas a las que tenían que recurrir las mujeres obreras y campesinas. A partir de allí, la sociedad “puritana” francesa no pudo seguir escondiendo esa realidad.

En 1975, Simone Veil, ministra de salud de un presidente de derecha, hizo aprobar una nueva ley autorizando el aborto y pronunció en esa ocasión un discurso memorable.

Decía Madame Veil: “¿Por qué votar hoy una nueva ley? Simplemente porque la que existe es mala, porque no se aplica y peor que eso, porque es violada todos los días. Cuando la distancia entre las infracciones cometidas y las infracciones perseguidas es tan abismal (número de abortos practicados respecto al número de infracciones perseguidas), lo que se transgrede es la autoridad del Estado. Y cuando el Estado, las instituciones, los dirigentes políticos están al corriente del número de mujeres que van a abortar al extranjero, de la cantidad de médicos que practican el aborto, de las redes de ‘aborteras’ en las poblaciones y se obstinan en cerrar los ojos, es que estamos en una situación de desorden y anarquía inaceptable e insostenible”.

Ese año, el número de abortos cayó de un millón a trescientos mil, situándose hoy en cerca de 198.000 abortos por año para una población de 62 millones de habitantes. La tasa de mortalidad por aborto hoy es de 0,001 por ciento y Francia tiene la tasa de natalidad más alta de Europa.

Hace cuatro años, una nueva ley facultó a los colegios a suministrar a sus alumnas la píldora del día después, a través de las enfermeras escolares y de manera gratuita. Las menores de edad pueden adquirirla en todas la farmacias, sin receta médica. El resultado es que el embarazo no deseado de adolescentes cayó en más del 50 por ciento, lo cual es benéfico para el conjunto de la sociedad y en particular para esas jóvenes que pueden proseguir sus estudios y negociar un método anticonceptivo que tenga en cuenta la realidad de cada una.

En Chile se realizan 160.000 abortos por año para una población de 16 millones de habitantes. ¿Qué método anticonceptivo se ofrece a las mujeres sin recursos? Lo sabemos para las mujeres con dinero: estos abortos se denominan “quistes” y se realizan en las clínicas privadas sin que nadie se entere. Y estas mismas mujeres, cuando se les pregunta si están a favor o en contra de una ley que permita el aborto garantizando la salud de todas, ricas y pobres, contestan: “Nosotras estamos por la vida”.

¡Todas estamos por la vida, siempre que estemos en condiciones de recibir esa nueva vida, de asumirla y de quererla! Señor Presidente, no autorizar la píldora del día después, píldora anticonceptiva y no abortiva, es ceder al oscurantismo político y social. La obligación moral de un gobierno es preservar la salud de sus gobernados y no la moralidad puritana. El embarazo precoz y la mortalidad por aborto son graves problemas de salud pública en Chile. ¡No podemos seguir cerrando los ojos, Señor Presidente!

Maïté Albagly Giroux
París, 14 de marzo de 2005.


Fuente: Publicada en el Diario Siete+siete y en www.lemondediplomatique.cl

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