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El grupo es un hallazgo que permite a las mujeres mirarse a sí mismas y encontrarse sin mediciones... (Foto: Seapaonline). |
Los grupos de autoayuda de sobrevivientes de abuso sexual han sido para muchas mujeres una herramienta de liberación. Por la palabra. Por la palabra compartida. Porque permiten pensar en voz alta y ante otras, con otras y para otras, dice María López Vigil, quien relata en este magnífico artículo la experiencia alemana de Aguas Bravas y cómo ésta podría replicarse en Nicaragua y, por qué no, en otros países de nuestra América Latina.
(Mujereshoy) Wildwasser, palabra alemana que en castellano significa Aguas Bravas, es un proyecto de autoayuda para mujeres sobrevivientes de abuso sexual creado en 1983 en Alemania.
A María López Vigil, una de las periodistas que ganó una mención honrosa en el Concurso Premios de Prensa 2001 “Por el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia”, –convocado por Isis Internacional y auspiciado por el Fondo de Desarrollo de Naciones Unidas para la Mujer (Unifem)– y actualmente redactora jefa de la revista digital nicaragüense Envío, le interesó la experiencia. Así, partió a Berlín, en donde entrevistó a dos de las dirigentas de Aguas Bravas y se empapó de la guía dirigida a las mujeres que han sufrido abuso sexual durante su infancia y/o adolescencia. Este es su reportaje.
Palabras de sobrevivientes: una herramienta por estrenar
María López Vigil
Vaciamos las unas en las otras nuestro dolor, como agua de una taza a otra...
Combinemos el poder de la palabra
con el poder de un grupo de mujeres “colegas en el dolor”,
víctimas de esa tragedia que es el abuso sexual en la infancia
y dignas sobrevivientes de ese trauma,
y tal vez empezaremos a sanar y a crecer.
En Nicaragua el abuso sexual es una epidemia. Con más exactitud, una endemia. En poco tiempo esta evidencia ha ido ganando conciencias y es cada vez más la gente preocupada. No tanta la gente ocupada en dar respuestas. Para hacer más graves las cosas, las aún escasas y parciales investigaciones que se hacen y las noticias que a diario aparecen en los medios vienen documentando que la gran mayoría de los abusadores no son hombres desconocidos para las niñas y las adolescentes a las que eligen como víctimas. Son sus padres, sus padrastros, sus tíos, sus abuelos... Son su familia. O sus vecinos. Sólo a veces se informa que fue el maestro o el pastor. Y apenas en alguna ocasión se ha señalado a un sacerdote. “Un enemigo conocido” se tituló una de las más recientes investigaciones, ésta del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos. Y el título causó revuelo. Como si algunos se dieran por aludidos.
Aunque es un drama aún más silenciado y más frecuente de lo que imaginamos el de los niños varones abusados, también dentro de sus hogares, en estas reflexiones nos referiremos principalmente a niñas y a mujeres, por ser la mayoría de las víctimas y sobrevivientes que pueblan nuestra sociedad.
Una caja de herramientas casi vacía y un método sencillo y barato
En Nicaragua no existe aún capacidad para responder a todo lo que vamos descubriendo sobre este desastre social, una de las más ocultas carcomas de cualquier proyecto de desarrollo y aún de la misma democracia. Quienes sufrieron abuso sexual en la infancia, en la adolescencia, especialmente si lo padecieron en sus hogares, viven la vida tratando de sobrevivir a ese trauma y a sus insidiosas secuelas. Aunque las afectaciones son distintas según las personalidades, la edad en que ocurrió, lo prolongado que fue, los contextos sociales y los recursos para salir adelante, todas son sobrevivientes. Todas tienen que aprender a sobrevivir. Lo hacen a diario, consciente o inconscientemente. Y todas necesitan apoyo y acompañamiento. También información.
Como colectividad, no estamos aún preparados para estos desafíos. Si las sobrevivientes –entre otras muchas opciones– deciden denunciar, las leyes y quienes ahora son llamados “operadores de justicia” no están a la altura de esa operación. Las instituciones funcionan todavía con prejuicios y con ineficacia. La sociedad prefiere aún callar, disimular o sancionar a las víctimas antes que hablar, entender y confrontar a los victimarios. Si las sobrevivientes deciden hablar para empezar a sanar, faltan oídos amigos y cariñosos para escucharlas y oídos atentos y adiestrados para responderles adecuadamente. Falta también información para dar ese paso preventivo que es detectar las señales que emiten, aún sin saberlo, quienes están sufriendo abuso y no lo han dicho o ni siquiera saben lo que les está pasando. Disponemos de escasos textos, una experiencia no suficientemente sistematizada y poca información y conocimiento de cómo hacerlo. Nuestra caja de herramientas está prácticamente vacía.
A la par, la guerra, nuestros subdesarrollos, los vicios sembrados y nutridos por el paternalismo político, la omnipresencia de la cooperación internacional en todos los terrenos, y otros problemas subjetivos derivados de nuestra cultura de trabajo, nos han hecho creer que sólo con proyectos generosamente financiados se pueden enfrentar nuestros graves problemas estructurales. Desde esta óptica y con frecuencia, los proyectos preceden a los proyectados, los organizadores a los organizados, y los cargos y los salarios a las personas capaces de ejercerlos con capacidad. Con frecuencia, se piensa primero en las computadoras y en las oficinas, en los vehículos y en las infraestructuras, en la publicidad televisiva y la propaganda en vallas, que en lo más básico que necesitan las personas a quienes todo ese aparataje debe servir.
Hay herramientas más sencillas. Y de probada eficacia. Hay una que está por estrenar en Nicaragua, siendo así que está hecha a la medida de nuestra realidad. Es un método en el que las personas son el “insumo” fundamental. Las mujeres y sus palabras. Las palabras que dicen y las que escuchan. Se trata de los grupos de autoayuda. Grupos en donde las mujeres que sufrieron abuso sexual en la infancia y en la adolescencia –especialmente entre las paredes de su hogar– hablen entre ellas de lo que les pasó para que el hablar comience a sanarlas.
“Soy sobreviviente de abuso sexual y así empecé a sanar...”
A comienzos del año 2004, una amiga alemana, con todo el corazón y bastantes de sus neuronas dedicadas a Nicaragua –donde vivió durante varios años–, decidió colaborar con alguna gente que en nuestro país ya empieza a buscar qué hacer y cómo hacer ante la epidemia del abuso sexual, especializándose en un tema que requiere especialización. Su mensaje fue éste: invitaba a reflexionar sobre la utilidad que los grupos de autoayuda tendrían en una sociedad como la nicaragüense. Presentó su sugerencia con la fuerza de su propia palabra. Palabra de sobreviviente. Soy sobreviviente de abuso sexual y este método me ha ayudado a sanar... Y les contaba su experiencia. La escucharon decenas y decenas de personas –hombres y mujeres, profesionales y aún estudiantes, abogados, sicólogas, médicas, trabajadoras sociales– en diversos foros y encuentros organizados en Managua, León y Masaya.
Escuchándola hablar con pasión y con convicción supe que su propuesta tenía una fuente de inspiración: la organización Wildwasser (Aguas Bravas) en Alemania. Unos meses después, en Berlín, tuve la oportunidad de hablar largamente con Dorothea Zimmermann y Cristiane Brückner, entusiastas activistas de segunda generación en esta causa por la vida.
Me recibieron en un albergue para niñas y muchachas “en riesgo”, fundado hace tres años, por donde han pasado ya 300 niñas y jóvenes y en donde estaba viviendo esos mismos días un buen grupo de muchachas alemanas y emigrantes de Turquía y de países de lo que fue la Europa socialista. Les pedí que me hicieran una breve historia de su organización, presente hoy en 40 ciudades de Alemania, con 500 mujeres, voluntarias y profesionales, trabajando en centros de acogida como el que estaba conociendo, en consultorios para atender a mujeres y a niñas y en la activa promoción de estos grupos de autoayuda por todo el país. Es una historia ejemplar.
Las siete primeras y una meta: ser “Aguas Bravas”
Si uno reflexiona sobre la extensión del abuso sexual lo primero que debe asumir, para no sentirse extraño o incomprendida, es que éste es un tema nuevo. No sólo en Nicaragua. En todo el mundo. Lo primero que hay que entender es que estamos ante una reciente toma de conciencia de la humanidad sobre la gravedad de una realidad que a tantísimas mujeres ha afectado desde siempre, pero ante la que, como humanidad, hemos permanecido anestesiados. Como hace un par de siglos ante la esclavitud. Hoy, ya contamos con una masa crítica que aprende y comprende. Y que quiere cambiar el rumbo de estas historias.
Parecerá mentira, pero en 1982 nadie hablaba en Alemania –un país tan desarrollado– del abuso sexual. Tampoco se sabía mucho de este problema. Reinaba el silencio. Ese año se celebró en Berlín, como ya era habitual, la Universidad de Verano para Mujeres, una semana de actividades que reunía a mujeres de todo el país y a feministas para intercambiar y compartir experiencias. Fue allí donde coincidieron y se conocieron una mujer que había estado trabajando en Estados Unidos con mujeres drogadictas –se topó entonces con la realidad del abuso sexual– y otra que había estado trabajando en Inglaterra directamente con sobrevivientes de abuso. Platicaron y platicaron. Las unía algo más significativo que sus trabajos: ambas habían sufrido abuso en su infancia, ambas lo habían olvidado y ambas lo habían recordado al calor de las tareas profesionales que realizaron.
A las dos se les despertaron las ganas de comenzar a hacer algo. Aprovecharon el espacio que les daba la Universidad y eligieron el método más sencillo y directo: pusieron papelitos por aquí y por allá, pequeños avisos en árboles y en paredes convocando a otras sobrevivientes de abuso sexual que tal vez podían estar presentes en el encuentro. Se les unieron otras cinco mujeres.
Estas primeras siete comenzaron a hablar. Se conocieron, intercambiaron, platicaron mucho, y al año siguiente, en 1983, decidieron organizar un encuentro masivo y público. Acudieron 160 mujeres, no todas sobrevivientes, pero sí todas decididas a entrarle al tema con ganas. El promedio de edad era de 25 a 40 años. Algunas expusieron públicamente su propia historia de abuso, lo que tiñó de una particular emoción aquella reunión pionera. Nunca se había visto nada igual en Alemania. De este encuentro nacieron los primeros cuatro grupos de autoayuda.
A la par, surgió un grupo de profesionales –médicas, sicólogas– interesadas en el tema y conocedoras de mujeres que ellas intuían eran también sobrevivientes que aún no habían hablado con nadie. Partiendo de sus propias experiencias, las siete primeras platicaron con las profesionales dándoles pistas para abordar el tema. Y ese año entre todas fundaron Wildwasser.
“Nos llamamos Aguas Bravas –dice Dorotea y le chispean sus intensos ojos azules– porque es un símbolo de lo que queremos ser. Queremos tener fuerza y queremos hacer ruido. Como una cascada. Las cascadas también son bellas, se adornan de espuma y en sus aguas transparentes se reflejan los colores del arcoiris. Esas aguas bravas y bellas encuentran su propio camino entre rocas y piedras. Como esa agua limpia que mana a borbotones, con fuerza y haciendo ruido, queremos ser nosotras. Hemos sobrevivido, queremos decirlo y afirmar que vamos a encontrar nuestro camino”.
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