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NO + VIOLENCIA/Sexual
31.05.2005
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Juan Diego Castro Fernández

 


Los chistes y ademanes de mal gusto contados por un profesor de derecho penal especial, para aderezar sus insulsas clases de delitos sexuales, a principios de los años setenta, reflejaban la cultura de entonces. Eran muy pocas las muchachas que estudiaban derecho y sólo dos de ellas, asistentes de ese irrespetuoso –ya jubiladas–, se carcajeaban de esas vulgaridades, frente al sonrojo y la indignación de las demás alumnas.

Con la reforma penal de 1970, los violadores, tuvieron un tratamiento punitivo acorde con el modelo penal latinoamericano, un tanto leve. Ese mismo catedrático decía que “sólo los hombres con pene idóneo podían violar”… y eso era así. Entonces se hablaba de la reforma penitenciaria, se construyó una nueva cárcel, “la peni” estaba en la picota, el cuento del crimen de Colima seguía de moda, así el de la isla de los hombres solos, los hijos del diablo asustaban… En la facultad de Derecho se mantuvo por mucho tiempo encendido el debate sobre los temas científico penales, que dicho sea de paso, a muy pocos nos interesó.

En 1973 nos visitó Israel Drapkin, uno de los fundadores de la victimología, pero su mensaje sabio y refrescante no produjo mayores efectos académicos, con las demoledoras consecuencias de las tesis abolicionistas cantadas con bandoneón en los años noventa. Las cátedras de Derecho Penal de la Universidad de Costa Rica casi no se han interesado en las víctimas de los delincuentes.

En esa, mi vieja época universitaria, los cines de San José, exhibieron La naranja mecánica de Stanley Kubrick. Más de treinta años después, han surgido en nuestro país, nuevos Alex, y muchas versiones tropicales de sus compadres: Pete, Georgie y Dim (el Lerdo). En las noches, estos malditos “drugos”, ya no quinceañeros, sino mucho mayores y hasta del doble de esa edad, “se dedican a realizar actos violentos por puro placer”.

Conforman un extraño linaje de criminales, egresados de colegios caros, graduados de universidades más costosas y entrenados para matar. Son el terror de los muchachos menores en las fiestas de adolescentes y atacan como fieras a las jovencitas. No se sabe si actúan bajo la influencia de estimulantes que se ingieren en la leche. A lo mejor, algún día, se les pueda aplicar el método Ludovico, para que cesen sus horribles fechorías.

En las clases de procesal penal de hace treinta años, recuerdo un excelente chiste, cuando el profesor le preguntó a un alumno, cuya figura salía en un anuncio de desodorante en la tele: ¿Qué es la publicidad?, obviamente en el derecho procesal y él respondió: “El arte de introducir nuevos productos al mercado…”. Semejantes carcajadas de una clase no se han vuelto a escuchar en el campus universitario… todavía me hacen sonreir.

Años después se desató una enorme alharaca en torno al primer fallo de casación que condenó a un sujeto por haber violado a su esposa, junto con sus amigotes, otros “drugos”, a pesar de ser hermano de un juez. La evolución legal, doctrinaria y jurisprudencial de estos crímenes ha sido importante, aunque muy lenta. El problema no es meramente jurídico, es sobre todo cultural. Todavía hay muchísimos operadores y otro tanto de operadoras del derecho que sostienen y defienden tesis absolutamente contrarias a las mujeres.

Las estadísticas judiciales costarricenses son contundentes: De 1992 al 2003 hubo 12.011 denuncias por violaciones y fueron dictadas 1.451 sentencias condenatorias, sea que el 87.9 por ciento de los violadores denunciados no fue sancionado. En 1992 hubo 1.8 denuncias por día y en el 2003 hubo 4.2. Las tasas de denuncias por violación, por cada 100.000 habitantes fueron 20.6 en 1992 y 37.0 en el 2003. Indudablemente la situación es muy grave y merece, como siempre más seriedad y atención de los políticos.

Y finalmente algo que no debemos olvidar: los malditos violadores son violadores, aunque vivan en un barrio caro u ostenten diplomas de colegios y universidades también caras. Los violadores son violadores y deben ser sancionados drásticamente, como criminales.


Fuente: La Prensa Libre, Costa Rica, 27 de mayo de 2005 (gentileza Julia Ardón).

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