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VIDA COTIDIANA/Familia
18.07.2005
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ARTÍCULO
El desafío de ser jefa de hogar en Guayaquil
Bella Tenempaguay Quinde en su local de venta de víveres y bazar (Foto: El Universo).
 
Un sondeo realizado a 200 familias de Guayaquil, en Ecuador, revela que el 48 por ciento de las jefaturas están conformadas por mujeres. Algunas de las causas de esta situación serían la migración, divorcios y maternidad precoz, como lo muestran las cuatro historias de este artículo.

(Mujereshoy) El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) calculó en el 2001 que el 33 por ciento de los hogares ecuatorianos dependía en algún modo de la responsabilidad de las mujeres.

Esta estimación y los datos arrojados por el Instituto Ecuatoriano de Estadísticas y Censos (INEC) en el 2001, motivaron que el Municipio de Guayaquil, dentro de su plan de Participación Ciudadana y Desarrollo Integral, formara el Sistema de Información Social (SIS) –que se presentará oficialmente este 24 de julio– que, entre otros datos, afirma que de 1.018.970 mujeres guayaquileñas, 139.564 (13 por ciento) se consideran jefas de hogar, señala este artículo del diario El Universo, de Ecuador.

No obstante, un sondeo realizado el jueves pasado por el equipo del Centro de Contactos de ese diario a 200 hogares guayaquileños reveló que el 48 por ciento de las mujeres se declara jefa de su hogar, entendiéndose aquellas que lo mantienen económicamente o las que reciben el dinero de los esposos, lo administran y toman las decisiones. En contraste, el 46 por ciento de las jefaturas se atribuyó a los varones.

El 6 por ciento restante, según los consultados por el diario ecuatoriano, dijo que la función de liderazgo en los hogares la hacían otros miembros de la familia, como los hijos, padres y/o abuelos.

Guillermina Vallejo, de 37 años y habitante del Suburbio oeste de Guayaquil, se considera jefa de su hogar. “Cuando vinieron los encuestadores del INEC fue mi esposo quien respondió y yo preferí callar, pero indiscutiblemente, la jefa soy yo. Incluso, él me da el 75 por ciento de su sueldo para que yo haga el presupuesto, yo decido todo”, afirma.

La migración, el crecimiento de los índices de divorcio, la maternidad precoz, la violencia intrafamiliar, la muerte del cónyuge, la inserción de las mujeres en el mundo laboral y los pocos pero posibles casos de mejores remuneraciones económicas femeninas, son algunos de los factores que Miriam Alcívar, presidenta ejecutiva del Cepam (Centro Ecuatoriano para la Promoción y Acción de la Mujer), reconoce como los predominantes al momento de evaluar los roles que determinan la jefatura de un hogar.

“Puede ser una situación impuesta o una decisión propia, pero lo importante es reconocer la sobrecarga que significa para las mujeres el trabajo dentro y fuera de casa. El problema es que no se comparten los roles social y tradicionalmente asignados”, dice Alcívar.

Elena Betancourt, directora del departamento de Proyectos Especiales de la Dirección de Acción Social Educativa y miembro de las mesas de discusión de género del Municipio de Guayaquil, analiza una arista diferente: “La familia está asumiendo una nueva estructura, ya no se habla de familias disfuncionales sino constituidas de manera diversa, la mujer siempre lleva los roles protagónicos en esa conformación”.

Además, agrega Betancourt, desde hace siete u ocho años, las mujeres jóvenes deciden salir de casa de sus padres, alquilar departamentos y vivir solas, esto es importante de analizar con el tiempo y podría ser otra causa de una futura predominación femenina en las jefaturas de hogar”.

Mercedes: Esta es la vida que me tocó vivir

Cuando decidió casarse a los 24 años, no pensó que su matrimonio duraría solo siete años, pero llegado el momento del divorcio afirma que lo asumió y enfrentó sin renegar.

Estas son las palabras que la psicóloga clínica Mercedes Mateus Acosta usa a sus 48 años para hablar de las características que la perfilan como jefa de hogar profesional, madre de tres varones adultos a quienes educó, formó y crió sin recibir nunca la ayuda económica de su ex esposo.

“Esta es la vida que me tocó vivir y tengo que aceptarla. Se sufre la pérdida, pero se encuentran otras satisfacciones y lo hago de la mejor manera posible, creo que he sido muy feliz siempre porque he sabido aceptar mis realidades y salir adelante”, comenta Mercedes, quien ejerció por poco tiempo su profesión antes de casarse, pero siempre se ha mantenido en ámbitos laborales relacionados con la psicología.

Así se desempeñó como gerenta de recursos humanos en varias empresas, lo que la llevó en el 2002 a montar Ecuanoble, su propia compañía de selección de personal que entrega un servicio que Mercedes maneja con conocimiento de experiencia y práctica profesional.

Fernando de 22 años, Xavier de 19 y Gabriel de 18, son los nombres que ella escogió para sus hijos, a quienes afirma dedicar todo el tiempo libre que tiene tras sus más de ocho horas diarias de trabajo. Los tres cursan carreras universitarias. El mayor sigue Arquitectura en Estados Unidos y los menores Ingeniería Comercial aquí en el país.

Mercy, como le llaman sus amigos y familiares, reconoce que tuvo siempre el apoyo de ellos para cuidar a sus hijos cuando eran pequeños y ella debía trabajar muchas horas diarias, los chicos la esperaban por las noches para revisar los deberes escolares: “Cuando me divorcié, no cambió mi forma de dedicarme con esfuerzo y disponibilidad absoluta de tiempo a las responsabilidades de mi desarrollo laboral y de madre, la diferencia es que obviamente no puedes dejar de trabajar cuando tienes que mantener tu propio hogar”.

Mercedes Mateus se define como una madre que siempre tuvo la necesidad y el deseo de trabajar, pero que supo darse tiempo para llevar todos los días a sus hijos al colegio. Ser padre y madre, dice, no fue complicado: “Supe llenar con amor y dedicación ese vacío, hizo falta, pero no fue trascendental, nunca lo lamenté”.

El apoyo económico de otras fuentes señala no haberlo recibido ni necesitado nunca, mientras le brillan sus celestes ojos de orgullo cuando cuenta que hace nueve años adquirió el departamento en el que hoy vive con sus hijos; y que se encuentra en una céntrica calle de la ciudadela Urdesa, en la cual se consideran jefas de hogar como Mercedes, 3.323 mujeres más.

Guillermina: Mi esposo me da la plata

Guillermina Vallejo está casada con Francisco Velásquez desde hace 13 años. Ella se considera la jefa de su hogar, porque es quien maneja el 75 por ciento del sueldo de su marido, toma casi todas las decisiones de su familia y asume la responsabilidad por la alimentación y educación.

Darle la sopa a su hija Melanie, de 4 años, pensar que el mayor, Junior, de 13, debe estar listo para llegar a tiempo a las clases en el colegio y mirar constantemente el reloj, son cosas que forman parte de la rutina diaria de Guillermina Vallejo, de 37 años.

Con una sonrisa, Guillermina recuerda que cuando el encuestador del Instituto Ecuatoriano de Estadísticas y Censos (INEC) los visitó en el 2001 para el censo, fue su esposo quien contestó la pregunta de ¿Quién es el jefe del hogar?: “Él dijo que cuando estaba en casa él mandaba y que en resumen los dos mandábamos en este hogar, pero quien toma realmente las decisiones económicas, resuelve los problemas y asume la responsabilidad de los chicos soy yo. Incluso casi todos los días me quedo con Junior haciendo los deberes hasta la una de la madrugada y los fines de semana lo llevo a sus partidos de fútbol. Al terminar todas mis tareas me acuesto para empezar al día siguiente otra vez”.

Ambos, Guillermina y Francisco, se desempeñan como docentes y se conocieron hace 17 años cuando realizaban sus prácticas universitarias en el sector de la parroquia Laurel, en el cantón Daule. Esta pareja vive en la parte alta de la casa que sus suegros tienen en el sector del suburbio oeste de Guayaquil.

Esta jefa de hogar reconoce ganar un poco menos que su marido, pero cuenta que ella debe administrar los gastos de su hogar y vigilar que estos no se excedan para que no falte lo necesario en cuanto a la educación y alimentación de sus hijos, que dice son lo primordial para ella: “Cuando él (esposo) llega, siempre los problemas ya están resueltos. Yo soy la que hace el presupuesto, las mujeres somos más organizadas, nosotras conocemos el costo de los víveres, de la ropa, de los libros. Mi marido solo me pasa la plata. El presupuesto es de 320 dólares mensuales y de eso yo pongo el 50 por ciento y él da el 75 por ciento de nuestros ingresos laborales”.

El día de Guillermina empieza a las seis de la mañana. Lo primero que hace es preparar el desayuno de su familia, luego se alista para salir a trabajar en una escuela fiscal en el sector de la vía Perimetral.

Más tarde, recoge del jardín a su hija Melanie, regresa a preparar el almuerzo después del mediodía, servirlo rápidamente a su familia, para luego despachar a su hijo de 13 años, Junior, y al hijo de su hermana, Édgar, de 14, que también vive a su cuidado, de quien es su representante. Ambos chicos estudian en el colegio fiscal Vicente Rocafuerte.

Ya en las tardes la situación cambia, pues su esposo regresa del trabajo a las cuatro y come rápidamente, cuenta su esposa: “Llega y sale por las mismas, pues está terminando su carrera en educación a distancia y ahora está en cursos de computación”. Esta situación Guillermina la ve con buenos ojos, pero el rostro le cambia cuando evalúa que las ausencias por trabajo y educación de su cónyuge, le han traído a ella una carga extra de trabajo.

“Ya tarde en las noches él llega a desestresarse jugando en el play station, por lo que soy yo quien tiene mayor nexo de conversación con los muchachos. Francisco es quien debería responder preguntas que nuestro hijo hace como adolescente, pero las tengo que contestar yo porque él no pasa aquí, eso es lo más difícil”, relata.

María Rosa: Yo soy el hombre de la calle

María Rosa Paguay trabaja como empleada doméstica y tras la muerte de su cónyuge cubre los gastos de educación y alimentación de sus hijos. Albina, la mayor de ellos, la ayuda pese a una deficiencia física.

La 108, la 6 y la Chongonera son las tres líneas de buses que María Rosa Paguay Vargas debe tomar de lunes a viernes al salir de su casa a las seis de la mañana, desde uno de los cerros de Mapasingue en el norte de Guayaquil, hasta su trabajo como empleada doméstica en una casa de la ciudadela Puerto Azul.

Sus casi 55 años y los doce de viudez que lleva dice no le pesan. Sus preocupaciones, afirma, se basan en el qué dará de comer a cuatro de sus cinco hijos que viven con ella y que procreó con el albañil Víctor Inga en los 24 años de matrimonio que compartieron.

Esta ama de casa nacida en Riobamba no considera el trabajo como un sacrificio; cuenta que desde muy joven se acostumbró a mantenerse laboralmente activa. Sus padres, expresa, no podían mantenerla de pequeña y por eso fueron sus primeros patrones la familia Devoto, quienes le dieron la educación y cuidados que hoy recuerda: “Estuve con ellos hasta que me hice señorita y me casaron, pero ahora no tengo quien me ayude ni con una libra de arroz; aunque mi marido tomaba, más que sea le podía decir ayúdeme; pero por mis hijas yo nunca volví a hacerme de compromiso, porque bueno o malo sola luché con un solo marido”.

María Rosita, como le llaman algunas de las señoras para quienes trabaja, también lava ropa hace muchos años en varias casas de la ciudadela Urdesa los fines de semana y señala que descanso no tiene: “Si no, no puedo sostener a mis hijos”.

A pesar de ello, este año pudo matricular sólo a dos de los tres hijos menores en la escuela que Fe y Alegría tiene en el sector. Así y todo, cree que la educación que les ha dado ha sido buena: “Doy gracias a Dios que los chicos todavía no dañan el conocimiento y me obedecen, no sé más adelante cuando me haga más vieja, pero yo nunca les he dado mal ejemplo, nunca me hice de otro hombre para que no me digan que les vino a maltratar o a pegar”.

Albina, la hija mayor, tiene 35 años y nació con problemas para mover los brazos y piernas: “Ella se pasaba en una jabita de colas todo el día, se arrastraba porque no podía caminar”, cuenta su madre. Sin embargo y pese a no haber completado su educación es quien cuida la mayor parte del tiempo a sus hermanos, los representa en la escuela y realiza las labores domésticas en la casa de su madre al regresar de su trabajo cuidando niños. Albina tuvo también hace algo más de cinco años un accidente mientras subía a un bus con las compras para preparar los helados y empastados que hace más de diez años vende para ayudar con los gastos de la familia. Así perdió la pierna izquierda que actualmente cubre con una prótesis que le regalaron. Ella opina de su madre: “Es maravillosa, porque a veces se enferma, yo quiero ayudarla, no me enseñó a estar ociosa”.

“Yo soy el hombre de la calle y usted la mujer que debe ver por sus hermanos”, es la frase que María Rosa le dice a su hija Albina cada día para rematar afirmando: “Así nos sostenemos en la comida y educación de los dos más chicos, pero no nos avanzamos a nada más”. Sin especificar cuánto gana, Paguay afirma que con ello solo puede solventar los gastos básicos de su hogar.

Jaime, Nelly, Rolando y Patricia son los nombres de los otros vástagos de María Rosa Paguay, a quienes ve cada noche cerca de las diez cuando regresa a casa de su trabajo, sin saber que cerca de ella, en su mismo sector, existen 34.977 mujeres más, de las cuales 4.093 se declararon jefas de hogar en el último censo de población y vivienda realizado por el INEC en el 2001.

Bella: Soy la que mantiene bien la casa

En su domicilio de la ciudadela La Chala del suburbio oeste de Guayaquil, Bella Tenempaguay Quinde montó un local de venta de víveres y bazar para mantener a su familia y hacer frente a los gastos de su hogar.

Ser la tercera de diez hermanos, entre ellos cuatro varones y seis mujeres y convertirse en madre soltera a los 25 años, fueron algunas de las causas para que Bella Tenempaguay Quinde se convirtiera en jefa de su hogar.

Este cargo le representa solventar todos los gastos económicos de la que legalmente es aún la casa de sus padres, pero que administra hace más de diez años en el sector Barrio Lindo de la ciudadela La Chala, suburbio oeste de la ciudad, y que el Municipio de Guayaquil reconoce como el de mayor índice de jefaturas de hogar femeninas en la ciudad. Allí, 13.517 mujeres se declararon como cabezas de sus familias en el último censo poblacional.

Con una pequeña despensa y bazar que atiende desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche por una ventana de su domicilio, Bella sustenta la educación de su hijo Bryan, de 13 años, quien lleva el apellido de su cuñado, pues su padre no lo reconoció como suyo, y de Ronny, el vástago de también 13 años que su hermana menor dejó desde muy pequeño a su cuidado antes de partir a España, y a quien Bella dice atender, cuidar y querer como si fuese otro hijo.

“Cuando eran pequeños los llevaba a los dos en una bicicleta a la escuela, uno adelante y el otro atrás. También los iba a recoger, pero ahora ellos van y vienen solos”, indica esta mujer que con 38 años, afirma gastar cinco dólares diarios para alimentar además de su hijo y su sobrino, a su madre, su hermana y el hijo de esta, quienes viven en la misma casa.

La dificultad económica que Bella enfrentaba tras el nacimiento de Bryan hizo que tomara la decisión de cambiar de a poco la edificación de caña que era su casa, en una de cemento. Con el tiempo y juntando el poco dinero que ganaba del negocio, logró hacer el segundo piso donde construyó dos departamentos pequeños de una habitación cada uno. De los casi 100 dólares que recibe de arriendo por ambos, ahora saca el dinero para pagar el agua, la luz y el teléfono del local y de la vivienda.

“Siempre estoy corre para aquí y corre para allá, que paga el agua, que paga el teléfono antes que me corten, que anda a comprar lo que ya se acabó en la tienda, tengo que saber administrar el dinero pa’ que no falte nada en la casa”, cuenta esta mujer que tiene en su madre, Julia, de 70 años, una compañía y una ayuda cuando el tiempo para los quehaceres domésticos no le alcanza.

Bella expresa que decidió no adquirir otro compromiso sentimental porque prefiere mantenerse ocupada en lo que califica como “cosas más importantes” y que además le dan sentido al diario transcurrir de sus horas: “solo pienso que mis niños tienen que estudiar, sus deberes, que debo ver qué comen, no me enseñaría con nadie, me acuesto rendida porque me levanto a las cinco y media de la mañana y termino como a las diez y media de la noche”, expresa esta mujer de mediana estatura y complexión delgada.

Esta madre soltera cuenta que con esta actitud ante la situación familiar, que dice haber aprendido sin ayuda de nadie, se ha ganado el respeto de sus hermanos, a quienes afirma haber recurrido últimamente para pedirles ayuda económica y capitalizar el pequeño negocio, pero dice que lo hace en calidad de préstamo y les devuelve el dinero de la inversión en poco tiempo.

“Todos me apoyan porque saben que cualquier cosa yo soy la que mantiene la casa, pero hay días en que se me pone complicado”, comenta esta jefa de hogar que vende diariamente alrededor de 50 dólares, pero asevera que solo le alcanzan para la comida de sus familiares, pues debe reinvertir en la adquisición de nuevos artículos para abastecer el negocio.


Fuente: El Universo, Ecuador.

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Nota: este portal de Internet fue abierto el 15 de enero de 2003