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Sé que es un tema peliagudo, pues he estado en varios países en el momento en que se discutía su despenalización. Cuando viví en Madrid, a finales de los años 80, el aborto estaba prohibido y muchas de las españolas que tenían embarazos no deseados debían hacer maletas e irse a Londres o a París, sociedades más desarrolladas en donde la interrupción del embarazo era un servicio gratuito de la Seguridad Social.
Eso hacían quienes contaban con medios, pero en España también había clínicas privadas que practicaban el aborto de forma más o menos encubierta —igual que las hay hoy en Colombia—, y tanto los médicos que allí trabajaban como las instalaciones de estos centros eran blanco diario de grupos ultra ortodoxos cristianos que iban allí a tirar tomates y huevos y a gritarles: “¡asesinos!” a las pacientes y doctores, o a tomarles fotos a las mujeres que entraban para reproducirlas en pancartas gigantes con el lema de “asesina de su hijo”, algo muy incómodo y, sobre todo, disuasorio, razón por la cual la mayoría prefería endeudarse o vender algo para hacer el viaje a otro país, o arriesgarse con abortos clandestinos, como pasa hoy en Colombia, con los resultados catastróficos que ya conocemos.
A estos ultracristianos, de vez en cuando se les iba la mano y quemaban un carro o le abrían la cabeza a alguien con un bate de béisbol, y por eso salían en los noticieros. Recuerdo las fauces babeantes de estos fanáticos, rostros como de la Edad Media, la barbarie en su estado más puro, ignorantes del debate de la civilización que ha logrado encontrar terrenos para aplanar las diferencias sociales derivadas de la diferencia de sexos, algo que, si uno mira con detenimiento, resulta ser lo más sencillo de entender y que cae por su propio peso: que a la mujer, por el hecho de serlo y de llevar el receptáculo de la reproducción, no se la debe penalizar y es libre de decidir lo que hace con su cuerpo, y ya. Es sencillísimo: quien no lo entienda, Dios santo, tendrá que regresar al colegio, o a las cavernas, o no sé a dónde.
Ya es, de por sí, bastante inhumano que sea el Congreso de una república el que deba votar para decidir lo que una mujer hace o deja de hacer, y esto por el hecho de que ese cigoto, según la Iglesia, ya es un ser humano, algo separado y con alma, en fin, metáforas de la religión que pueden ser muy interesantes desde el punto de vista estético o doctrinal, pero que no tienen por qué ser vinculantes en la legislación de un Estado moderno, pues por ese camino se llega a contradecir la carta fundamental de los Derechos Humanos, cuando dice que todos los hombres son libres e iguales, ya que la mujer, por el hecho de tener un útero que aparentemente no le pertenece —le pertenecería al Estado, que legisla sobre él—, se halla limitada en su libertad y por supuesto en su integridad, cuando está en peligro su vida, o en su dignidad, cuando el embarazo es producto de una violación o de un abuso familiar.
De cualquier modo, me alegra que en Colombia se esté planteando ya este debate (aunque sea sólo en los casos de malformación del feto, peligro de vida para la madre o violación), un tema que por la fuerza de la civilización acabará imponiéndose, de esto no me cabe ninguna duda, pues a pesar de las voces reticentes y conservadoras la tendencia general, en todo el mundo, es aspirar a sociedades más justas y democráticas, y esto incluye la capacidad de elegir lo que se hace con el propio cuerpo y con la vida, lo que repercute y refuerza los derechos de la mujer, muy a menudo vapuleados por tradiciones machistas que pretenden relegarla al papel de coneja reproductora y de servidora feliz de los hombres.
* Publicado en Revista Cambio, Colombia. Agradecemos al autor su autorización para reproducirlo. Santiago Gamboa también es autor del texto “Mujeres” (ver link interno). Email: sgamboa@libero.it
Fuente: Revista Cambio, Colombia.
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