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(Mujereshoy) Julia Ardón, fotógrafa costarricense y colaboradora de Mujereshoy en Costa Rica, comenta en este texto sus impresiones acerca de la película Llevados por el deseo (Closer) del director Mike Nichols y en la que actúan Julia Roberts, Jude Law, Natalie Portman y Clive Owen.
Llevados por el deseo (Closer)
No es acaso gran verdad que si después de haber trabajado para conseguir algo, no habiendo logrado el resultado esperado, y si queremos insistir en esa búsqueda, en vez de repetir hasta la saciedad los mismos métodos fallidos... ¿deberíamos probar otros nuevos?
Hace mucho tiempo que todos y todas sabemos que amor y felicidad ya no van de la mano. ¿Alguna vez fueron hermano y hermana o fue eso solo espejismo del ideario romántico de siglos anteriores?
Hace mucho tiempo que todas y todas sabemos que sexo y amor tampoco siempre van de la mano ¿Alguna vez fueron causa y efecto y viceversa?
Hace mucho tiempo que todas y todos sabemos que sexo e intimidad tampoco van siempre juntos. Hace mucho tiempo que nos cuesta el amor, que nos cuesta la vida sexual, que nos cuestan las relaciones, que nos cuesta la intimidad, que nos cuesta amar, que nos cuesta, que cuesta, y qué cuesta!
Hace mucho que sabemos que la libertad sexual, tal cual está propuesta, nos esclaviza a la soledad, pero que también muchos y muchas viven soledades enormes en el domicilio conyugal.
Entonces... ¿Quién nos dio esta receta de pareja? ¿de matrimonio? ¿de convivencia? ¿de aplicación de las lógicas y racionales “ leyes del deseo” que insistimos en seguir levantando como lo único moral y posible? ¿esto que parece que ya no sirve?
¿Quién nos dijo que había que cumplir los mismos pasos siempre? ¿acomodarnos siempre dentro del mismo marco? ¿Concebir deseo, amor, intimidad, contacto, entrega, seducción siempre bajo los mismos patrones de exclusividad? ¿Fidelidad? ¿Lealtad? ¿Moralidad? ¿Sacrificio? ¿Propiedad?
¿De dónde sacamos las recetas de cocina que todos y todas, todos los días, aplicamos como robots, y con precisión casi “científica” a nuestra vida diaria, en este infructuoso intento por alcanzar lo único que de verdad nos importa: la felicidad!? Entonces... ¿por qué, cegados como corderitos nos hemos acomodado en el rebaño de lo que se nos impuso como paradigma desde la conveniencia económica de los poderosos de hace siglos, desde la moralidad judeo-cristiana que necesita familias acomodadas que repartieran sus herencias y posesiones de manera “ordenada” y fácil bajo la línea sucesoria del varón? ¿No nos hemos dado cuenta que esto nos lo inventaron otros, otra gente de otra época y, lo que es peor, con perversos intereses? ¿Se dan cuenta todo lo que vino tras eso?
Y lo que es peor... ¿se dan cuenta de que de eso mismo nos estamos dando cuenta desde hace años?
¿No queremos todos y todas tener amor? ¿Cómo se alcanza? ¿habrá un mismo camino para todos y para todas?
Pero... ¿qué es amor? ¿quién nos lo vendió con corazones y lazos rosados? ¿quién nos dijo que amor era llorar como novias plantadas? ¿que amor era mitificar o maquillar la humanidad del otro hasta hacerla desconocida, misteriosa o etérea? ¿quién nos llevó a creer que por amor se mata uno o se suicida? ¿O que el amor se puede robar y que por eso hay que encerrarlo entre cuatro paredes para esconderlo del ladrón? ¿que el amor no puede multiplicarse? ¿que si se reparte demasiado se gasta? ¿quién nos vendió esas mentiras? ¿por qué nos las seguimos creyendo?
¿No será que existen diferentes tipos de amor como diferentes tipos de culturas, de personas, de historias, de encuentros? que no todos tienen que durar toda la vida y además que intensidad no tiene necesariamente por qué estar casada con tiempo ni exclusividad.
¿No será que haber tratado por los siglos de los siglos, amén... de repetir algo que se nos impuso las cosas se nos han vuelto pesadas? ¿que ya no funcionan y seguimos como tontos y tontas dando vueltas alrededor de un camino hondo, gastado... en el que nuestros pasos han ido cavando un hueco en el que hemos ido enterrando paradójicamente nuestra propia capacidad de amar?
¿No será por esta razón que después de ver esta película una sale del cine con migraña?
¿Con la panza revuelta? ¿Ansiosa?
¿No será que el cuerpo sabio nos dice cosas?
¿No será que en su aparente frivolidad, en sus caritas hermosas de guapos y guapas, con vestuario sobrio y de buen gusto, con sus escenarios glamorosos, en su ausencia de “contenido social”, estos excelentes actores y actrices, viviendo sus aparentemente peculiares vidas en un cuento aparentemente anecdótico e intrascendente y dirigidos por un director magistral... nos mueven algo por dentro?
¿No será que este producto del que algunos solo han logrado ver su apariencia edulcorada es una reflexión inteligente acerca de la pobreza humana? ¿de esa tumba en que nos hemos enterrado? ¿Será casualidad que uno de los personajes se dedica a escribir obituarios? ¿qué otra no entregue ni siquiera su nombre verdadero a quien dice amar, pero que sea capaz de abrir las piernas y correr el elástico de su calzón para mostrar su vagina a un extraño?
No. No es casualidad. Todos son retratos de mucho de lo que somos. Hemos aprendido a entregar el cuerpo pero no el alma, hemos aprendido a compartir la desnudez pero en cambio no sabemos, como el dermatólogo, qué mundos residen más allá de la piel, ni como la fotógrafa, ¿por qué todos esos extraños siguen siendo extraños y consideramos “bello” fotografiar su soledad? Y lo que es peor: cometer la desvergüenza de compartirlo y con ello llevarnos los aplausos mientras tomamos champán.
Ver cine inteligente pasa por ser inteligente. Y creo que todos lo somos, porque desde nuestra capacidad de sentir lo somos, solo que a veces lo olvidamos perdidos en lo vago, superfluo y cotidiano: llámese como se llame ( porque distracciones a la verdad también pululan por los corredores del trabajo, de las aulas universitarias, del consumo exagerado, de la labor intelectual, de los “excelentes negocios”, de la constante búsqueda del placer fuera del cuerpo y del corazón, etc, etc).
Y en ese caso: nuestra manifiesta realidad cotidiana: donde el amor se busca pero pocas veces se encuentra, donde el cambio de pareja habitual se convierte en tragedia griega o telenovela barata, donde nos acostamos con cualquiera en cualquier momento (sobre todo cuando fumar, esnifar, o tomar nos da valor) donde no sabemos darnos ni abrirnos a recibir verdaderamente, donde nos queda el amor amputado, y por eso insatisfecho, manco, detenido... donde seguimos, ciegos, dando vueltas para alcanzar algo que no sabemos dónde está, nos prueba que algo anda mal y que con urgencia hay que buscar caminos nuevos a fin de dar el necesario salto cualitativo que nos compruebe, al mismo tiempo, la veracidad de las leyes de la dialéctica y de la armonía universal.
“Closer” en inglés significa dos cosas distintas: evoca acercamiento, pero también algo cerrado. Acercarnos y mantenernos cerrados. Cerrar los ojos a la verdad. Ojos cerrados. Ojos bien cerrados. Nunca he dejado de pensar por qué “casualmente” (de nuevo la misma pregunta: ¿ocurren las casualidades? ) Nicole Kidman y Tom Cruise se separaron después de encarnar el matrimonio de Ojos bien cerrados, ni por qué Kubrick murió luego de hacer esta película. Dos muertes: la de una pareja “perfecta” y la de un director aún joven que había tocado bastantes temas para, al final, acercarse al medular y simple del amor, de la pareja, del matrimonio... del deseo..., tópicos que se juntan y que siguen dando vueltas, en paranoica repetición de círculos en el resultado del quehacer artístico, espacio donde se han dado cita desde el inicio de los tiempos las más grandes preguntas, donde se han revolcado las más grandes expectativas contra los más fervientes deseos insatisfechos, desde donde se han planteado por siglos posibles y novedosas respuestas, desde donde se han iniciado los más grandes movimientos de la historia.
¿Nos habremos dado cuenta que estamos a las puertas, acaso, de un necesario y nuevo “Renacimiento”? Mucha gente, desde muchas partes, lo viene anunciando desde hace días con bombos, platillos, pinceles, marimbas, imágenes, palabras y poesía.
Empezar por casa. Empezar por mi corazón. Y a partir de ahí hacia algo mayor. “No poner la carreta delante de los bueyes”, como decían nuestros más grandes filósofos de lo cotidiano.
Llevados por el deseo nos dejó pensando a dos amigas y a mí la noche de domingo en que fuimos al cine. Tampoco es casualidad que una esté estrenando su quinta década, que yo la cuarta y que la otra aún no comience la tercera. Todas somos mujeres que seguimos buscando y que sabemos no podemos elegir los mismos caminos que nos trajeron hasta acá. Somos producto de una ampliada generación de transición que ya sabe, dentro de su corazón, que no puede seguir andando los mismos caminos y que no sabe hacia dónde dirigirse para encontrar las respuestas. Quizá empezar a reconocer las preguntas sea el inicio de algo nuevo y mejor.
Como en todo.
Julia Ardón:
juliaa@racsa.co.cr
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