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¿Sabe usted cuántas familias de mujeres pobres viven de la basura que diariamente se produce en Perú? Es una interrogante que cuestiona una triste realidad de vida en decenas de mujeres del distrito trujillano El Milagro. El reportaje de la revista Somos Mujeres, de Perú.
Trujillo deposita 150 toneladas métricas de basura por día, muy cerca a un centro poblado denominado El Milagro. Hasta este basural llegan diariamente un promedio de 50 mujeres, entre 14 y 70 años, para recolectar plásticos, metales, cartones, vidrio y restos de comida. Estas mujeres son las más pobres de la zona.
Los objetos sólidos que ellas recogen, son comprados por diferentes personas para su reciclaje; pero los desperdicios son usados como alimento de animales y, en algunos casos, para su propio alimento. Los precios de los objetos reciclables son demasiado ínfimos. El kilo de cartón se valoriza en 10 céntimos; el kilogramo de vidrio cuesta 5 céntimos; todos estos minúsculos porcentajes originan un ingreso diario de 5 soles como máximo, una pequeñísima cantidad con la que sobreviven.
El número de recolectoras crece cada año; de 15 que había a principios de 1989 hoy suman más de 50 mujeres. Mujeres que, en gran parte, han emigrado de la región andina y una que otra de la costa y selva. Muchas de ellas dejaron sus tierras a causa del terrorismo, la pobreza y la postergación. Senobia Barrientos, por ejemplo, hace cinco meses que llegó del Cuzco y por necesidad se acerca a este depósito de basura.
Existen mujeres, en cambio, que tienen muchos años trabajando en este lugar. Una de ellas es María Valdivieso, una patacina (localidad de Pataz) que trabaja aquí desde 1989, año en que la alcaldesa Miriam Pilco estableció el relleno sanitario, a petición de la Organización Panamericana de la Salud (OPS).
Para remover los cúmulos de basura, pocas mujeres usan protección. La mayoría lo hace con las manos descubiertas, exponiéndose de esta forma a una serie de enfermedades gastrointestinales y micóticas, debido a que muchas veces la basura contiene excremento humano, de animales y restos de materiales utilizados en los hospitales.
En enero del 2000, la bióloga Angelita Cabrera Cabrera, en coordinación con la Universidad Nacional de Trujillo (UNT), examinó una muestra de 25 trabajadoras. De ellas, 16 mujeres presentaban un nivel bajo en hemoglobina, teniendo en cuenta su edad; 24 mujeres presentaban un elevado porcentaje de eosinófilos en la sangre, expresado en asma, jaquecas y urticarios. El 83 por ciento de trabajadores (incluyendo hombres) tenían parásitos intestinales y sólo un 17 por ciento no lo tenían. El parásito más predominante fue la ameba intestinal. Además, en esta actividad, están expuestas a cortes con vidrios, jeringas, picaduras de insectos, mordeduras de perro, etc.
“Pero más que una dolencia física, es un deterioro de conciencia lo que padecen estas mujeres, principalmente las adolescentes. Pues al realizar un trabajo sucio y mal pagado, eso va a influir en su autoestima, en las esperanzas que pudieran tener de cambio. Van a desarrollar una desesperanza, una frustración”, señala la socióloga Elena Miranda Troncoso. De qué vale, entonces, que las mujeres representen (según la OIT) la tercera parte de la fuerza de trabajo mundial si muchas de ellas laboran en las peores condiciones.
Un estudio realizado por Population Crisis Committe para el Banco Interamericano de Desarrollo (1990), muestra que el Perú, al igual que otros países latinos, no ha alcanzado niveles óptimos para la mujer trabajadora, calificándola así de “deficiente”. Es un hecho que, en épocas de recesión, el trabajo de la mujer aumenta en cantidad, pero no en calidad.
En 1996, la antropóloga Angelita Castillo precisó en un trabajo de campo que el 58 por ciento de trabajadores del relleno sanitario estaba representado por mujeres. Hoy la cifra ha aumentado. Según el Ministerio del Trabajo y Promoción Social (MTPS), por cada hombre desempleado hay dos mujeres sin trabajo. Al no tener a donde recurrir, muchas de ellas han optado por autoemplearse sin tener en cuenta las condiciones y ambiente de trabajo.
“El factor de todo esto es la extrema pobreza. De tal manera que uno realiza cualquier actividad por más inhumana que parezca, con la finalidad de satisfacer las necesidades de la familia”, precisa José Velásquez, psicólogo del Instituto Nacional de Bienestar Familiar (Inabif) en El Milagro. Esto se corrobora con las estadísticas. En nuestro país, más del 50 por ciento de la población es pobre, y un 20,2 por ciento se ubica por debajo de la línea de extrema pobreza. Es decir, 4 millones 574 mil peruanos tienen ingresos que ni siquiera les alcanza para comer. Viven con menos de un dólar diario. Las mujeres no son ajenas a esta realidad.
¿Habrá ley que regule el trabajo de la mujer?
Frente a esta denigrante situación surge la pregunta ¿habrá ley que regule el trabajo de la mujer? Claro que existe. El trabajo de las mujeres está regulado en el Perú por la ley 2851, promulgada el 23 de noviembre de 1918. Aparte de ello, el Art. 44, párrafo 2 de la Constitución de 1979 dice:... “La ley... determina las condiciones de trabajo de menores y mujeres”. El Art. 47 también dice que corresponde al Estado dictar medidas sobre higiene y seguridad en el trabajo. Leyes bien redactadas que se quedarán en el papel. Mientras, estas mujeres aún se sumen en la mugre y la pobreza.
Por su parte, la OIT, en este ámbito, tiene un solo objetivo: Proteger a las mujeres de las condiciones de trabajo demasiado penosas. Un gran objetivo trazado en 1919; pero hasta el momento poco o nada se ha logrado. Basta ver el trabajo de estas mujeres para comprenderlo todo.
¿Y la Constitución actual? Lamentablemente sólo el Art. 23 se refiere a este tema, el resto es silencio.
Históricamente esta situación no es nueva. En el gobierno de Manuel Pardo (1915-1919) se formuló el primer proyecto de ley que reglamentaría el trabajo de mujeres y menores. Su autor, el Dr. José Manzanilla diría ante la Cámara de Diputados: “Podemos modificar el radio de desarrollo de la ley; pero la sustantividad de la ley protectora de estos débiles seres es incuestionable...”, un mensaje que no se presta a la realidad.
En 1966, la Comisión de Estadística de las Naciones Unidas (COINS) llamó la atención sobre la existencia de grupos de población de difícil captación diciendo que: “Es menester prestar especial atención a aquellos grupos que pueden ser particularmente difíciles de clasificar, como por ejemplo, los trabajadores y los jóvenes que buscan trabajo por primera vez.”
Adjunto a ello, en el documento de base de la decimotercera Conferencia Internacional de Estadígrafos del Trabajo (OIT), celebrado en Ginebra en octubre de 1982, se reconoció: “La necesidad de reexaminar los conceptos y métodos vigentes en la medición y conceptualización de la participación de las mujeres en las actividades económicas dentro y fuera del hogar”. Eventos que de alguna u otra manera han intentado solucionar el problema del trabajo de la mujer.
Dos veces mujer
Muchas de las mujeres recolectoras de basura cuentan que sus padres, inclusive sus abuelos, han trabajado en este relleno sanitario. María, por ejemplo, tiene hijos y nietos que aquí trabajan.
– Los hijos se hacen de obligación y ellos buscan su futuro con su nueva familia. Nosotros tenemos que venir a trabajar. Aquí trabajan muchas mujeres abandonadas, hombres abandonados y niños–, nos dice.
¿Y el horario? La mayoría trabaja desde las seis de la mañana hasta las tres de la tarde, momento en que llega el último camión con basura. Todos acuden por iniciativa propia.
En este ambiente hostil, existe un buen porcentaje de mujeres abandonadas que cumplen el papel de madre y padre, para quienes el sufrimiento, el hambre y la desesperación se apodera y las hace decir como Maritza: “A veces, la comida es un plato de sopa de harina, o fideos y verduras si hay”.
Los años pasan. Ellas sólo esperan que algún día el milagro –como el nombre irreverente del centro poblado– llegue a sus vidas. Eso sucederá cuando nosotros, junto a los gobernantes, seamos conscientes del problema y emprendamos algo para solucionarlo.
Fuente: Revista Somos Mujeres, Perú.
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