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Un día puede ser definitivo en la vida de las personas. Un día puedes ir al cine y ver una película en la que se narra un día en la vida de tres mujeres, distantes en el tiempo y en el espacio pero íntimamente unidas en su búsqueda de sentido. Un día puedes salir de casa para meterte en una sala oscura y poder escapar durante un par de horas hacia algún lugar que todavía desconoces, y encontrarte con que la historia que destila la pantalla es un encuentro imprevisto con los pliegues claroscuros de la vida: un viaje introspectivo en la ruta del conocimiento.
Cuando sales de la sala oscura ya es de noche y, por un momento, atisbas una pequeña luz entre las sombras y piensas (aunque no es del todo cierto): todas las vidas de las mujeres están, en cierto modo, conectadas, como lo están las de Virginia Woolf, Laura Brown y Clarissa Vaughan, los personajes protagonistas de Las horas, la película de Stephen Daldry basada en la novela homónima de Michael Cunningham.
Has visto a Virginia Woolf al principio de la década de los 20, recluida en su casa de Hogarth House de Richmond, a las afueras de Londres, empezando a escribir la novela Mrs. Dalloway, que es también un día en la vida de una mujer que decide comprar ella misma las flores para la fiesta que va a dar esa noche en una Inglaterra posterior a la I Guerra Mundial. A pesar de su lucha contra la depresión y las voces que invaden la acción concentrada de su tarea, la escritora ama la vida. (Unos años después, el 29 de marzo de 1941, se metió en los bolsillos del abrigo unas piedras de gran tamaño y se sumergió en el río Ouse: “la única experiencia que no podré escribir”, tal y como le dijo a su amiga y amante Vita Sackville-West).
Has visto a Laura Brown en Los Ángeles. Corre el año 1951 y se supone que tiene todo lo necesario para ser “una mujer feliz” en una América activa y orgullosa tras haber luchado en la II Guerra Mundial: una casa con jardín en una zona residencial, un hijo y un marido devoto a quien decide prepararle una tarta de cumpleaños para celebrar que su vida se asemeja a lo que siempre soñaron. Pero no. Laura Brown se afana por ser un “ángel del hogar” (esa figura tan denostada por Woolf) pero no lo consigue. Laura Brown tiene un deseo inconfensable. Está leyendo Mrs. Dalloway y el mismo acto de leer es para ella la demostración íntima de que tiene una vida interior que no puede compartir con nadie.
Has visto a Clarissa Vaughan, una mujer privilegiada en un Manhattan contemporáneo, decir que ella misma va a ir a comprar las flores. Como Mrs. Dalloway va a celebrar una fiesta esa noche en honor de Richard, su ex amante y amigo escritor, enfermo de sida. Lo cuida con paciencia y sobresaltos; parece una mujer afortunada, ha podido elegir. Convive con su novia Sally y tiene una hija. Sin embargo, la felicidad parece cosa del pasado: aquel momento de fusión con la vida y con lo más hondo de su ser.
Un día puede ser definitivo en la vida. Llegas a casa y enciendes la tele. Ves a una mujer iraquí llorando en el Museo Arqueológico de Bagdad tras el expolio. Se ha levantado con el amanecer y ha celebrado que ella y sus hijos están vivos. En un esfuerzo por recuperar la normalidad ha decidido que ya es hora de volver a su trabajo. Llega al museo y se tropieza con una escultura asiria decapitada que le observa fijamente desde el suelo. La estatua le mira con la mirada perdida de alguien que acaba de morir. Las vitrinas están rotas y parecen incubadoras violadas que muestran el vacío que produce la desolación. Estamos en abril de 2003 y en las innumerables guerras que ha padecido esta tierra nunca había ocurrido nada parecido.
Vas a la cama y observas la oscuridad a través de la almohada. Y piensas que existe un tiempo interior, sin cronología, que puede expresarse en un día cualquiera y mostrar lo que somos y lo que queremos ser. Vuelves a rememorar a Virginia, a Laura, a Clarissa. Y, efectivamente, el hipertexto que las une, a pesar del saqueo emocional y del dolor, es la celebración del presente. Celebrar que están vivas, a pesar de todo.
Te despiertas de madrugada. En sueños has visto a la mujer iraquí de nombre desconocido. Está tomando el té con una vecina. Ya han pasado algunos años desde la invasión estadounidense. Ha envejecido de forma precipitada, como si las grietas de la tierra asolada se hubieran reflejado en su cara para siempre. Siente que su vida ha sido expoliada. Abre las cortinas y divisa las palmeras mecidas por el viento. Cree que ya es hora de celebrar una pequeña fiesta y le dice a su vecina: “Creo que iré a recoger las flores yo misma”.
Fuente: E-leusis.net
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