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ESPACIOS/Literatura
16.05.2003
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Francesca Denegri*

 


¿Qué quieren las mujeres? ¿Qué quería Flora? Una sociedad que rompa los esquemas que encierran a las mujeres en categorías de virgen, puta o frígida.

¿Qué es lo que quieren las mujeres?, pregunta Freud en su correspondencia con Maria Bonaparte. En su última novela, El paraíso en la otra esquina, Mario Vargas Llosa se confirma como un gran retratista del alma masculina, y como un virtuoso mayor en el arte del contrapunteo narrativo, pero Mario Vargas Llosa, como Freud, no saben lo que quieren las mujeres.

Gracias a su arte, dos personajes históricos tan disímiles y discrepantes como Paul Gauguin y su abuela Flora Tristán, aparecen unidos por una infinidad de hilos invisibles cuyo finísimo tejido esboza un destino común tan improbable como verosímil. Gauguin es en la novela el pintor cínico y pedófilo avecindado en Tahití, para quien el mundo gira exclusivamente alrededor de sus apetitos y de su pintura, mientras que el retrato de Flora sugiere una mujer de rasgos puritanos y filantrópicos dispuesta a entregar su vida por la causa de la Unión Obrera.

Este complejo tejido se va urdiendo a partir de dos polos narrativos que corresponden a las últimas etapas de vida de cada uno de los personajes. El que corresponde a Flora se inicia el día en que la paria parte de París hacia el sur de Francia en una gira proselitista que duraría seis meses, y que la llevaría a su muerte en noviembre de 1844; el de Gauguin cubre los casi diez años de estancia del pintor en la Polinesia francesa, adonde llega en busca del salvaje enterrado dentro de su alma y donde muere, sin el alivio de haberlo encontrado, en 1903. El anclaje de estas perspectivas en el umbral de la muerte permite que la voz narrativa salte retrospectivamente en el espacio y en el tiempo para interconectar episodios de la infancia, adolescencia y adultez de pintor y paria, que, en su conjunto, pintan un vasto fresco lleno de detalles dramáticos que nos acercan al siglo XIX en toda su intimidad y vigor.

Pasado en impar

En los capítulos impares del libro el relato ubica a Flora entre Burdeos, Marsella, Lyon y otras ciudades del sur de Francia, desde donde, con la ayuda de flashbacks, sueños y relatos dialogados, el lector o lectora asiste a los episodios más dramáticos de su pasado, desde su infancia conflictiva entre los esplendores del privilegio y los horrores de la indigencia, su juventud arruinada por un matrimonio violento al que su madre la empuja sin asco, su vida a salto de mata huyendo de un marido rabioso, su experiencia como sirvienta de una familia inglesa y su famoso viaje al Perú en 1833 cuando cumplía los 30 años y acerca del cual escribiría su libro más famoso, Peregrinaciones de una paria. También incluye su agonía tras el balazo que finalmente le descerrajara el marido ofendido en las calles de París, su relación amorosa con Olimpia Maleszewska, su amistad con Fourier y Considerant y su introducción a las doctrinas socialistas que le servirían para imaginar la sociedad futura que ella anhelaba construir.

En los capítulos pares la voz narradora nos lleva desde la llegada de Gauguin a Papeete en 1891, ya con el cuerpo secretamente minado por la sífilis, pero pintando con crepitación las lánguidas vahines y los fieros tupapaus que lo harían famoso póstumamente, hasta el París de la Tercera República en los que trascurre la apacible vida de banquero y pater familias del Gauguin burgués. Como en el Papeete colonizado por los franceses no encuentra ese mundo virgen de caníbales tatuados, donde el estupro fuera el pan nuestro de cada día y el arte “un quehacer vital, religioso y deportivo”, Gauguin continúa viaje hacia el interior de la isla. Desde Mataiea, donde tampoco lo encuentra, el lector salta hasta la Bretaña rural y pasatista donde Gauguin aprendería las mañas del oficio que le darían su lugar en la historia del arte, y finalmente desde Hiva Oa, en las islas marquesas, hasta el Arles de su amistad con Van Gogh, pasando por un caleidoscopio de episodios de su vida, como el viaje a Panamá y Martinica años atrás, cuando acaso ya sabía que su destino no estaba en la modernidad europea sino en la búsqueda de ese primitivismo tan elusivo como cautivante.

Entre estos saltos de tiempo y espacio que cubren tres continentes y un siglo, en la novela el artista y la revolucionaria se encuentran y desencuentran infinidad de veces de manera imperceptible, pero definitivamente a pesar de que en la historia real nunca pudieron conocerse. Se encuentran en el desprecio que ambos sienten, en la recta final de sus vidas, por la cultura del dinero; en la alternancia entre la exultante autocomplacencia y la profunda desconfianza de sus capacidades, pero se encuentran sobre todo en esa vehemente búsqueda de libertad a la que ambos se entregan con energía indomable. La libertad es, pues, el paraíso, la utopía de ambos, pero para Flora se trata de la liberación de los más débiles, mujeres y obreros, de los instintos depredadores de los más fuertes; mientras que para Gauguin la lucha es para liberar a los hombres del racionalismo que pretende ejercer control sobre los instintos del más fuerte.

Es justamente en la relación que construye la voz narradora con estas dos utopías opuestas donde hay que buscar la diferencia de matices de cada uno de los retratos. Porque si la utopía colectivista de Flora es representada como un lastre, y con el mismo tono escéptico que inunda las páginas de La utopía arcaica, la utopía individualista de Gauguin se esboza desde una perspectiva más cercana y empática, más cómplice con el mundo del desencanto postmoderno y postsoviético en el que vivimos. Así pues, las contradicciones y debilidades de Gauguin en su cruzada descivilizadora provocan fascinación, mientras que aquellas de Flora, en su empeño proselitista y justiciero, resultan en la novela más bien anticuadas y dignas de compasión.

Lo que ellas quieren

Pero regresemos a la pregunta inicial. ¿Qué quieren las mujeres? Hay muchos huecos en la biografía de Flora, sobre todo en lo que se refiere a su sexualidad, y es en estos intersticios en los que la imaginación sensual de Vargas Llosa ha tenido que trabajar más. La novela sugiere que la sordidez y la violencia del matrimonio enfermaron a Flora para siempre de frigidez, de la que sólo se recuperaría –y apenas parcialmente- años más tarde cuando conoce a Olimpia. La Flora de El paraíso en la otra esquina, lejos de ver el sexo como la comunión gozosa entre dos cuerpos, lo siente como mera cópula en la que los hombres se abalanzan sobre las mujeres para “abrirles las piernas y meterles sus chorreantes vergas”.

Su vida sexual

Es cierto que en sus crónicas y diarios Flora guarda un silencio casi sepulcral sobre todo lo relacionado a su vida sexual, es cierto también que la paria se expresa con disgusto sobre las escenas de comercio sexual de las que ella es testigo por ejemplo, en los finishes de Londres, pero también es cierto que en su manera de representar la relación con los hombres que le agradaron, entre ellos Clemente Althaus y Bernardo Escudero en Perú y el pintor Jules Laure en París, hay un subtexto que sugiere el placer que siente la autora de las Peregrinaciones con el flirteo y el frisson del silencio cargado de deseo con el coito, lo que contradice la hipótesis de la frigidez.

Por otro lado, los episodios amorosos con Olympia, encerrados como están en diálogos y situaciones de visos melodramáticos, tampoco ofrecen el espacio para que el personaje explore y conozca una fracción del placer y del goce que en cambio abundaron en la vida que el autor imagina fue la de su nieto. ¿Qué quería Flora? Una sociedad abierta y libre que permita a los hombres imaginarse el alma femenina fuera de la alteridad, una sociedad que rompa los esquemas que encierran a las mujeres en categorías de virgen, puta o frígida. Eso, creo, hubiera querido Flora Tristán.


* Historiadora peruana.


Fuente: SOMOS, revista de El Comercio. Lima, abril 2003, Enviado por Cendoc Mujer, Lima, Perú.

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