VIDA COTIDIANA/Familia
17.06.2003
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PUNTO DE VISTA
Paternidad responsable: ¿Un contrasentido?
Olga Villalta*

 


Nuestros abuelos y padres se consideraban responsables porque asumían la manutención y “reconocían” legalmente al fruto del ejercicio de su sexualidad. Era común en mi infancia escuchar que se tenía “hermanos de padre”, ya sea que hubieran nacido antes del matrimonio de nuestro padre con nuestra madre o en producto de una infidelidad. La crítica de la sociedad se minimizaba si el susodicho asumía la responsabilidad de mantener a la hija o hijo, resultado de sus amores o travesuras sexuales.

El fenómeno de la paternidad se puede ver desde diferentes ángulos, por ejemplo: antes de la década del 50 todavía las familias eran extensas, el hombre se sentía todo un DON porque era capaz de mantener a muchos hijos e hijas. Después vino la moda de la familia nuclear, que consistía en tener dos o tres hijos para poder educarlos mejor. Aparecieron los matrimonios “reciclados” o de segunda vuelta, en los nuevos matrimonios se juntaban los “míos”, “los tuyos” y se encargaban otros hijos para que fueran los “nuestros”.

Otro fenómeno curioso es la insistencia de los padres en bautizar al primogénito con su mismo nombre, lo que generaba la situación engorrosa de decir “Juan abuelo” “Juan hijo” y “Juan nieto”. Esta costumbre me parece que esconde la inseguridad del hombre sobre su paternidad y su deseo de verse trascendido en el hijo.

Pero hay un fenómeno que las feministas han insistido hasta el cansancio, la irresponsabilidad de los hombres respecto a la/os hija/os engendrados. Todas sabemos el alto índice de madres solteras a las que les toca sacar adelante a sus hijos solas. Muchos hombres, al saber que su novia, compañera o amiga está embarazada se esfuman, dejando así toda la responsabilidad a la mujer.

Para promover una paternidad responsable, a propuesta de diversos grupos de mujeres y avaladas por el marco de Convenciones Internacionales, en nuestros países se han creado leyes que permiten exigirles a los hombres que cumplan con la manutención de las hijas e hijos producto del establecimiento de relaciones de pareja. Aún no son suficientes los marcos legales, queda un saldo cultural que es preciso desdibujar, ya que es el escudo que protege a los hombres.

La curiosidad sobre si en algún momento de la historia ha existido una “paternidad responsable” me llevó a hurgar en libros y notas de cursos recibidos. Y he aquí lo que encontré de una conferencia de la historiadora costarricense Anna Arroba, que con gusto se las comparto.

El patriarcado existe desde hace 5.000 años, llevó 2.500 en establecerse. Antes del patriarcado existieron miles de años de sociedades matriarcales. Estas sociedades se organizaban social y culturalmente en torno del cuido de las madres y sus hijas e hijos. Eran sociedades matrifocales, que quiere decir que vivían con la madre y matrilineales: las herencias eran de la madre a hijas e hijos, se llevaba el nombre de la madre para identificarse

La cultura giraba en torno a la veneración de la vida y el cuerpo de las mujeres que tenía el don de traer nuevas vidas al mundo. Se comparaba el cuerpo de la mujer con la Madre Tierra. Pero la tierra era de todas y todas, no era propiedad privada

La religión se basaba en el cuerpo, la naturaleza, la vida y la sexualidad era una vía a la espiritualidad. Se simbolizaba lo femenino en figuras de diosas, y en dibujar el triángulo púbico, los senos como símbolos nutrientes. Las mujeres mayores eran las líderes de las comunidades, eran las sabias.

Durante miles de años no se sabía de la PATERNIDAD. No se relacionaba la relación sexual con los hombres, con la reproducción. Se pensaba que las mujeres quedaban embarazadas solas, que la sangre menstrual era la fuente, origen de cada ser humano. Que la sangre se coagulaba y se formaba el feto. Por eso se veneraba la sangre menstrual como dadora de vida, como milagrosa. En tiempos de siembra y cosecha se llevaba a una joven menstruante por los campos para darle fuerza y bendición a la reproducción.

La paternidad surge cuando los hombres descubrieron su capacidad para engendrar. Se dieron cuenta que las madres ancestrales habían llegado a ser deificadas por sus descendientes debido a su capacidad de concebir y dar vida, por lo tanto los nuevos patriarcas querían lo mismo, se dieron cuenta que esto les otorgaba poder. Inventaron la paternidad para apropiarse del poder que las mujeres tenían, no para responsabilizarse de la crianza de las hijas e hijos.

Los hombres comenzaron a apoderarse de la paternidad física no tanto por la capacidad de engendrar, sino por un acto ceremonial diferente diseñado a imitar el acto maternal de parir. Crearon un Dios del cielo HOMBRE. Cambiaron los símbolos y pretendían que engendrar un hijo era más importante que la tarea multifacética de la madre de llevar, dar a luz, amamantar y enseñarle todas las capacidades para sobrevivir.

Es así que cambiaron todos los símbolos, quitaron a las diosas y crearon el monoteísmo. Se apropiaron de los cuerpos de las mujeres y su capacidad sexual y reproductiva. Esta apropiación ocurrió ANTES de la formación de la propiedad privada y de la sociedad de clases. Esclavizaron a las mujeres y a otras personas de otros pueblos y mataron a las ancianas. Se creó el Estado, la familia patriarcal con el hombre como PATER FAMILIA.

Se categorizó a las mujeres como buenas o malas, se les excluyó de los templos y de la creación de lo simbólico. Se separó la sexualidad (el erotismo) y la procreación de la espiritualidad humana. La devaluación simbólica de las mujeres en relación a lo divino es la metáfora que forma la base de la civilización occidental. El cuerpo de la mujer fue resignificado, inferiorizado, a la menstruación se le tachó como contaminante; por lo tanto, al embarazo y parto se le considera SUCIO. Los genitales femeninos fueron demonizados.


Después de leer estas notas, me parece urgente la reflexión sobre una resignificación de la paternidad, más allá de la responsabilidad económica. Pienso un nuevo tipo de paternidad como la posibilidad de disfrutar de la cocreación de un nuevo ser; de acompañar en el crecimiento espiritual y físico de esa personita que se trae al mundo; experimentar el goce de vernos trascendidos, no a partir de un apellido sino de la transmisión de valores humanos. La paternidad responsable no puede reducirse a garantizar la pensión alimenticia y pago de colegios. Tiene que ver con que las hijas e hijos sepan que en el padre encontraran un oído atento, un apoyo para alzar vuelo y el consuelo cuando se enfrentan al fracaso.


* Periodista y feminista guatemalteca. Junio de 2003.