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Virginia Woolf solía decir que si el mundo se hubiera concebido de manera menos irracional, las posibilidades de realización personal para la hermana de Shakespeare (en el caso de haber existido) habrían sido las mismas que tuvo su hermano. Por lo tanto, hoy no estaríamos en el trance de explicar las razones de por qué las mujeres raramente han merecido y merecen el calificativo de geniales.
No vamos a repetir nuevamente los argumentos, de sobra conocidos, acerca de las limitaciones y tropiezos que siempre han marcado la vida de las mujeres desde su nacimiento, que como advertía Woolf, no son privativos de las mujeres, ya que difícilmente un Einstein o un Mozart hubieran surgido del proletariado o de las clases más desposeídas. Pero de haber sido así, Einstein y Mozart tendrían que haber luchado duramente para imponerse en un ambiente de discriminación y hostilidad.
Esto mismo es lo que han estado haciendo durante siglos aquellas mujeres que nacieron dotadas de talento y genialidad, especialmente en un campo tradicionalmente considerado ajeno a sus capacidades o intereses, como es el de la ciencia. Hoy ya no podemos seguir sosteniendo que las contribuciones más importantes en la ciencia y la tecnología pertenecen exclusivamente a los cerebros masculinos. La labor de exhumación de historiadoras feministas para desentrañar el pasado de las mujeres y sus aportes a la cultura y al conocimiento, nos permite conocer una historia nunca antes contada ni difundida por la historiografía oficial.
Desde Proudhon al Nobel
La saga de mujeres cientifícas a través del tiempo no es nada despreciable. Las investigaciones realizadas en las dos últimas décadas del siglo XX, por especialistas en historia de las mujeres, aportan informaciones valiosas y sorprendentes. Así se sabe, por ejemplo, que una hija de Lord Byron, Ada Lovelace Byron (1815-1852), fue una matemática de genio que trabajó con el famoso científico inglés Charles Babbago en un proyecto de “máquina analítica”. Esto significó que el lenguaje de programación aparecido en 1967 llevara su nombre: Ada.
Cuando en 1862, la científica y filósofa Clemence Royer tradujo al francés El Origen de las Especies de Charles Darwin, quedó en entredicho con el mundo científico al refutar la tesis de Darwin sobre la inferioridad de las mujeres. Esto no fue lo único. En 1860, durante un concurso sobre “Teoría del Impuesto o el Diezmo Social”, logró un empate con Proudhon que había negado que las mujeres fueran inteligentes. Así que su obra maestra La dinámica de los átomos fue ignorada y Clemence pasó al ostracismo, murió a los 72 años, en 1902, completamente olvidada.
Pero ya en la época de Clemence otras mujeres seguían abriendo espacios (a codazos generalmente) en el ámbito de la academia y la investigación. Como Sofía Corvin Krukowsky, una matemática rusa nacida en Moscú en 1850. A los 14 años comienza a estudiar matemáticas y descubre la trigonometría en forma autodidacta. En 1868 contrae matrimonio con el joven científico Kowalesvky, pero como no era posible que las mujeres casadas siguieran estudios en las universidades, ambos convinieron en vivir como hermanos hasta el término de sus estudios.
Algunos trabajos de Sofía dieron que hablar, como “Los anillos de Saturno”. Años después recibe un premio de la Academia de Ciencias de la Universidad de Estocolmo. En el caso de Elizabeth Garret Anderson, primera médica británica y hermana de la feminista Millicent Fawcet, luego de una larga lucha, obtiene su doctorado en la Sorbona en 1870. Estas y otras pioneras abren el camino a las siguientes generaciones de mujeres, de manera que a comienzos del siglo XX, la carrera hacia el Nobel es ya una posibilidad, especialmente cuando Marie Slodowska Curie se convierte en 1903, en la primera mujer en recibir, conjuntamente con su marido Pierre, el Premio Nobel de Física.
Camino lleno de obstáculos
La notoriedad de Marie Curie, su historia personal, el hecho de que su hija Irene casada con Fréderic-Joliot, también fuera galardonada con el Nobel de Química en 1935, han sido elementos suficientes para que el apellido Curie, asociado a dos mujeres tenga un peso tan contundente como para oscurecer o minimizar otras presencias con respecto a este máximo galardón. Pero la meta del Nobel para las mujeres estuvo y está sembrada de obstáculos de diversa índole. En el camino quedaron algunas perdedoras como Emmy Noether (1882-1935), considerada la creadora del álgebra moderna.
La escuela matemática creada por ella jugó un papel central en el desarrollo del álgebra. Noether, alemana de nacimiento, no pudo ingresar formalmente a la universidad en 1900, siendo admitida sólo de oyente. Aunque en 1903 logra sortear esta dificultad, nunca pudo acceder a un puesto en el Instituto Matemático. Pese a ello, sigue adelante en sus investigaciones formulando un teorema que lleva su nombre y que es calificado como una de las piedras angulares dentro de los trabajos sobre la relatividad. Nunca recibió el Nobel.
Lisa Meitner, una reconocida fisica atómica, había sido candidata al Premio Nobel de Química en tres oportunidades (1924, 1925, 1936) por sus investigaciones sobre el protactinio. Meitner fue una estrecha colaboradora de Otto Hahn galardonado en 1944 con el Premio Nobel de Química por el descubrimiento de la fisión nuclear. No obstante que ambos trabajaron juntos en este proyecto, sólo Hahn fue premiado y nunca quiso reconocer los aportes de su colega en este descubrimiento.
Cuando en 1957, los científicos chinos Tsung Dao Lee y Chen Ning Yang se hicieron acreedores al Premio Nobel de Física, la científica Chien-Shiung Wu no fue parte de este reconocimiento, a pesar de haber trabajado al mismo nivel que sus colegas varones. En el caso de la radiastrónoma Jocelyn Burnell, el hecho de ser alumna de Anthony Hewish, su director de tesis por el descubrimiento de los púlsares como nuevos cuerpos celestes, le impidió compartir con éste el Premio Nobel de Física en 1974. Burnell, en el curso de sus investigaciones, descubrió cuatro de estos cuerpos celestes. Su calidad de alumna de Hewish fue el obstáculo para alcanzar el mismo nivel que su profesor.
Fuentes
Florence Montreynaud y otras. 1989. Le XXe siècle des femmes. París.
“Mujeres científicas galardonadas con el Premio Nobel”. Revista 8 de Marzo, N° 15, 1994. España.
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