VIDA COTIDIANA/Familia
07.10.2003
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PUNTO DE VISTA
Los hombres y las tareas domésticas
Luisa Cruz Hefti*

 


El trabajo doméstico es necesario para la vida de todo ser humano que necesita estar alimentado, vestido con cuidado y viviendo en un ambiente limpio y dispuesto de acuerdo a su gusto y satisfacción de necesidades vitales.

Tanto los hombres, como las mujeres necesitan de ello. Sin embargo, la organización patriarcal ha establecido una división sexual de las tareas, dividiendo la economía en: actividades reproductivas que no son remuneradas y con una menor valoración social y las actividades productivas asalariadas, generalmente realizadas por el varón. Un “generalmente” que también es preciso descodificar pues cada vez más mujeres trabajan, a veces en pésimas condiciones, pero ese trabajo no le garantiza un reconocimiento social. A veces, esta valoración social o la misma división sexual de las tareas, no es discutida, porque es vista como algo normal. Pareciera decirse, así ha ocurrido siempre, es “natural”, ¿porqué se va a cambiar?

El tiempo insumido para la realización de las tareas domésticas es un tiempo mucho más amplio que las ocho horas laborales legales. Comienza desde el despertar y acaba hasta el momento de ir a dormir. Muchos países están reformando la legislación para considerar la seguridad social para las personas que ejercen este trabajo, sea como amas de casa o como empleadas domésticas. Lo están tomando en cuenta también para legislar la distribución de los bienes acumulados durante el matrimonio, en caso de divorcio.

En el departamento de Piura-Perú, poco se sabe cómo se organizaba la vida doméstica en términos del género o si el género tenía alguna importancia en ésta organización, en la época precolombina. Por los escritos de cronistas españoles, sabemos algo de las Capullanas, mujeres de un gran coraje guerrero y a las que no se les negaba el acceso al poder. Algunos dicen que ejercían el matriarcado. Verificarlo, sería cuestión de profundizar en las fuentes disponibles. En general, los cronistas españoles “ interpretaron” los mitos y leyendas encontrados en América, a través de los cuales se puede descubrir la vida, costumbres y visión del mundo del Tawantisuyo y “seleccionaron” aquellos que coincidían con la visión occidental de la época. Por ello la leyenda de Manco Cápac y Mama Ocllo, que divide el mundo entre hombres guerreros como Manco Cápac y mujeres amas de casa como Mama Ocllo, fueron seleccionados como “la historia del mundo precolombino” frente a otros mitos fundadores como el de los hermanos Ayar, que indican la existencia de otras parejas, con características de género diferentes a la de los dos personajes anteriores. En los mitos fundadores dejados de lado, existieron otros personajes entre las cuales podemos destacar Mama Huaco, mujer guerrera, u hombres dedicados a tareas más bien artísticas y no de fuerza.

En el Perú, a pesar de la reforma educativa de los años setenta llevada a cabo por Juan Velasco Alvarado, la visión de Manco Cápac y Mama Ocllo, prevalece en las escuelas como “la historia” del Perú. Me inclino a pensar que debido a las alianzas de los curacas indígenas costeños con los recién llegados españoles, que ocurrió sin grandes enfrentamientos, al imaginario de género del mundo precolombino se le yuxtapuso la visión española de la época, que apenas sacaba la nariz de la cacería de brujas y que marcaba tangiblemente las fronteras entre lo femenino y lo masculino. Y ésa es la visión que hasta hoy se resiste a dar pasos firmes hacia un mundo en el que hombres y mujeres puedan dar de sí todo su potencial, sin imponerse las barreras de jerarquías y discriminación de género.

En la educación de la prole para el trabajo casero hay paradojas interesantes a resaltar. Una institución de corte machista como el servicio militar, obligatorio hasta hace pocos años, se convierte en razón para la enseñanza de lo doméstico a los varones. Para disminuir el sufrimiento del hijo en el servicio militar, las madres piensan en prepararlo por adelantado a desarrollar también las actividades domésticas, pero no como una obligación de cualquier ser humano que necesita desarrollar esas actividades para su propia sobrevivencia. No es por una lógica de la equidad sino por forjar al soldado en la obediencia y el dolor.

Otra paradoja, viene de las mujeres campesinas dirigentas, que ven solamente el avance en la participación de las mujeres en el trabajo productivo, pero que en la educación doméstica, inconcientemente no cuestionan la división sexual del trabajo: “mis hijos tienen cada uno su tarea. Mi niña mujer ella se encarga de lavar los platos, barrer la casa. Esa es su tarea diaria. Los niños varones también me ayudan. A los varoncitos y a las mujercitas los estamos educando igual. Los niños varones a veces también lavan sus uniformes cuando están sucios. Ellos lo lavan, lo tienden y lo planchan. Mis niños me ayudan a hacer la limonada o a lavar los platos, cuando la niña está ocupada o está enferma. La niña es la que está encargada de hacer éso. Otro de mi niños es el encargado de soltar las cabritas. El las amarra, o las suelta, luego en la tarde las recoge. El otro varoncito, va a su parcela a ayudarle a su papá. Igual, los niños y las niñas están haciendo los trabajos iguales (en la chacra)”. Cuando hablo de mecanismos inconscientes, me refiero al hecho de que las mujeres dirigentas viven en carne propia, que lo doméstico es un peso para asumir sus responsabilidades. La mujer es vilipendiada por el entorno, por no dedicarse solamente a estas tareas que su género le impone. Sin embargo, ella propaga el mismo esquema. El trato “igualitario” se visualiza en el trabajo ligado a la producción, pero en el trabajo doméstico, los varones participan cuando las niñas están impedidas de hacerlo. De lo contrario, automáticamente, son las niñas quienes lo realizan.

La crisis económica y la incursión de las mujeres en las actividades económicas remuneradas o en actividades comunitarias y /o públicas, obligan en algunos casos a compartir las tareas al interior de la familia. “Eso está cambiando. Se ve que ya hay esposos que comparten el trabajo del hogar con la mujer. Cuando trabajamos y nos tardamos, el esposo avanza con las tareas del hogar. El trabajo es compartido”. En otros casos, las mujeres que incursionan en el mundo laboral asalariado cumplen una doble función, la económica asalariada y la del hogar, que mantiene los mismos esquemas de no compartición de tareas. “Las mujeres están ocupando roles importantes, pero al interior del hogar, lamentablemente el hombre no lo asume. La mayor parte, considera que aunque la mujer trabaje fuera del hogar, dentro de él tiene todavía ella sóla que asumir toda la carga que éso implica, como el cuidado de los hijos, barrer, etc., todo lo que se hace dentro del hogar”. Pueden encararse otras soluciones como el reconocimiento económico del Estado al trabajo doméstico o la creación de guarderías, pero el problema de fondo es la implicación de los hombres en lo doméstico.

Las personas más jóvenes entrevistadas, van introduciendo cambios respecto a la educación que ellas recibieron o refuerzan la que sus padres. “Yo tengo la idea en la cabeza de que al hijo hay que educarlo para la vida y no sólamente para el momento. Hay cosas que una mujer hace y que él debe hacer. En el caso de mis hermanos, ellos cocinan y lo hacen muy bien. Y yo pienso que son cosas que uno tiene que enseñarle a las criaturas, sea hombre o sea mujer”.

La mayor parte de las personas entrevistadas ven la discapacidad que tienen los varones ante la negación de las madres, a enseñarles. “Yo creo que es importante que el hombre aprenda los quehaceres que hace la mujer. Eso lo digo porque yo lo he vivido y sufrí bastante. Mi mamá nunca me dejó ni lavar ropa, ni cocinar, ni nada. Pero cuando yo me fuí a vivir a Lima todo cambió para mí. Yo creo que uno, especialmente a sus hijos hombres, debe enseñarles a compartir los deberes y quehaceres del hogar”.

La conciencia de esa discapacidad para el trabajo casero también se vive de otras maneras, inventando protección ante las probables reacciones negativas. “En mi casa yo he visto que la mujer cocinaba, planchaba, lavaba. A nosotros, los varones, a lo mucho nos exigían arreglar nuestro cuarto y tender nuestras camas. Nos reñían cuando el cuarto estaba desordenado. Yo recuerdo que una vez yo quise aprender a cocinar y mi misma mamá me dijo que no, que para éso estaba ella. Entonces, me desentendí de ése asunto. Pero sí, cuando llegué a la adolescencia, doce o trece años, tuve que comenzar a lavar mi ropa. No recuerdo porqué, pero me veo lavando mi ropa cada semana. Eso me ayudó muchísimo. Cuando hablaba con mis amigos decía con orgullo que yo lavaba mi ropa. Eso era increíble, para vencer los prejuicios, me burlaba de los que no lavaban su ropa. Les decía, uuy, pobrecito el debilucho que no puede lavar su ropa o que no puede barrer su cuarto. Quizá era un mecanismo de defensa”. Humor que ayuda a fortalecer una masculinidad vivida de otro modo, que no excluye el trabajo doméstico.

Algunos hombres empiezan a tomar conciencia que a medida que aprenden a hacer el trabajo casero, están mejor preparados para los avatares de la vida. Todavía está por trabajar en el inconsciente colectivo, que incorporar el trabajo doméstico en sus vidas es una necesidad humana indispensable, como cepillarse los dientes, que sólo requiere de práctica y de organización del tiempo y de las actividades que cada uno o una necesite hacer y que no es una actividad femenina, ligada a la esencia femenina o a sus genes. Los hombres en la medida que desarrollen sus facultades adormecidas por el sistema patriarcal, serán menos dependientes de una mujer (esposa, hermana, madre, hija, empleada doméstica, prima, en fin alguna mujer del entorno). Así buscarán una pareja para desarrollar un proyecto de vida y no para satisfacer sus necesidades más elementales.

La discapacidad producida en los hombres para lo doméstico y su correlato de alta performance producida en las mujeres, es uno de los aspectos analizados en la investigación Desafíos para construir la igualdad y la equidad de género en la audiencia de Radio Cutivalú de Piura-Perú, que estudia las representaciones de lo femenino y de lo masculino, así como las relaciones que se tejen entre los hombres y mujeres, así como de la audiencia y de quienes realizan la producción radiofónica directa: periodistas (radialistas) y corresponsales.

La radio puede hacer visible y valorizar el ejercicio de nuevos roles, masculino y femenino, que superen el estereotipo de la división sexual del trabajo. Este es uno de los primeros desafíos a asumir en una propuesta radiofónica con equidad de género. La radio tiene su medio natural en las representaciones sociales, visibilizando la problemática de género y las acciones de las mujeres por superar este desequilibrio y destacando actividades y su aporte, animando el debate de las ideas con respecto a los mitos y creencias que no tienen otro fundamento que mantener este sistema injusto. Así mismo, permite debatir las leyes y políticas sociales por un sistema más equitativo. Las radios educativas trabajarán en los ámbitos simbólicos, institucionales y rituales, necesarios para la construcción de la equidad e igualdad de género. Porque la radio actúa desde lo simbólico, para visibilizar, valorar, difundir, recrear la cultura y el lenguaje, además de ser espacio de discusión, negociación y fiscalización.

*Luisa Cruz Hefti, peruana. Ingeniera Industrial. Master en Desarrollo, diplomada en el Instituto Universitario de Estudios para el Desarrollo de Ginebra, (IUED) Suiza. Durante 13 años ha trabajado en propuestas de Educación Popular y radio.